Medallas, sueño de alcance mundial desde Bucaramanga

Germán Buitrago Mejía es el empresario detrás de la marca constituida hace 100 años.

Germán Buitrago Mejía, el empresario de Granados y Condecoraciones.

Claudia Rubio/Portafolio

Germán Buitrago Mejía, el empresario de Granados y Condecoraciones.

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septiembre 07 de 2013 - 12:44 a.m.
2013-09-07

De una joyería centenaria que nació en Bucaramanga surgió Granados y Condecoraciones, que, aunque es un emporio de las medallas, había manejado un bajo perfil hasta la sonada anécdota de los Juegos Mundiales Cali-2013, en los que las preseas fueron grabadas con la palabra word en vez de world, por un error en el diseño recibido.

Germán Buitrago Mejía es el empresario detrás de la marca constituida hace 100 años. Era una joyería dedicada a anillos de grado, en la que el padre de Buitrago, Germán Buitrago Carvajal, era un empleado. Para expandirla, lo enviaron a Bogotá, donde puso a prosperar las ventas.

En los 80 empezó a bajar la fiebre por el anillo de grado porque, como regalo, competía con el viaje a San Andrés o el último aparato tecnológico.

“La casa matriz quebró, pero los dueños le permitieron a mi padre seguir en Bogotá con la marca”, dice Buitrago Mejía. “Quitó el aviso de joyería y nació Granados y Condecoraciones”.

“La parte corporativa del negocio me parecía mejor opción que la joyería”, dice el hijo, y en el 92, ya al frente de la empresa, logró el primer negocio, con la Policía, Había que hacer 50.000 unidades: “Prometía ser el negocio más grande del país en medallas. Le dije a mi padre: ‘Presentémonos’, pero él respondió: ‘no, eso nos puede quebrar’ ”.

Aún con sólo tres operarios, “a mí me parecía posible lograrlo. Por lo tanto, le presenté la renuncia”.

Buitrago Mejía montó ‘toldo aparte’.

“Mi papá me vio salir adelante haciendo negocitos, y en el 94 me pidió que volviera”. El hijo puso la condición de que lo dejaran trabajar con las Fuerzas Militares. Y el padre respondió: “Hágale”.

Ese año se dio el primer negocio con la Armada, y luego ganaron un contrato de ocho millones de pesos. Para cumplir debieron invertir 35 millones en moldes, “cuatro veces más de lo que nos iban a pagar”.

Pero ese alto costo fue la puerta definitiva para hacer de los militares sus aliados comerciales, pues el negocio ligado al protocolo era reducido, y de las medallas pasaron a réplicas de sables, dagas, bastones, monedas.

“Un general del Comando del Ejército nos encargó un bastón para el papa Juan Pablo II”.

Hoy exportan a Panamá, Ecuador, Perú, Brasil, y sigue pendiente el sueño de ponerse la medalla de más puntos de venta en América Latina.

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