Miguel Gómez Martínez
columnista

Ni fu ni fa

Colombia no tiene justicia, su democracia está capturada por corruptos y sus dirigentes abandonaron el sentido de lo público. 

Miguel Gómez Martínez
Opinión
POR:
Miguel Gómez Martínez
noviembre 08 de 2016
2016-11-08 08:33 p.m.
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Los estudiantes tienen, en ocasiones, la virtud de hacer las preguntas de fondo. Al estudiar las características del problema del subdesarrollo es necesario profundizar sobre las diferentes propuestas que la ciencia económica ha dado al desafío de superar el atraso de tantos países. Por lo general, surge la pregunta sobre cuál es el modelo de desarrollo que ha adoptado Colombia. Y la respuesta no es nada simple.

Durante los años sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado, el país era un buen ejemplo de los modelos de desarrollo hacia adentro, donde, mediante políticas industriales estatales, se buscó dotar a la economía de una capacidad productiva. Para hacer viables esas industrias nacientes se requerían niveles elevados de protección arancelaria, pues los bienes no eran competitivos por la ausencia de economías de escala y la baja calidad de los mismos.

En ese modelo, los productores eran siempre los ganadores, ya que su posición en el mercado estaba protegida por todo tipo de obstáculos comerciales, cambiarios, legales. Los consumidores tenían que resignarse a pocas opciones, con precios relativos muy elevados, o recurrían a los poderosos flujos de contrabando. En 1990, la inflación llegó a un histórico 32 por ciento, reflejando la escasez de una economía que no lograba abastecer las necesidades crecientes de la población.

Vino, entonces, la apertura económica, que fue una verdadera revolución económica. El Estado decidió desmontar los controles al comercio exterior, privatizar las empresas públicas, que eran en su mayoría un desangre presupuestal, y volcar la economía hacia el exterior.

Pero como es frecuente en nuestro país, se hizo la tarea a medias. No se le dio énfasis a los temas relacionados con productividad y competitividad. Seguimos con vías obsoletas, modelos de educación tradicionales y con una incapacidad estructural de incorporar tecnologías de punta. Las minibonanzas energéticas que tuvimos fueron suficientes para fortalecer nuestra moneda, produciendo la decadencia del campo y la desindustrialización. El elevado nivel comparativo de desempleo de nuestra economía es el resultado de esa incapacidad de contar con clústeres competitivos que generen divisas y contagien otros sectores de modernidad.

Desde hace varios años nuestro modelo de desarrollo ha perdido toda su identidad. Es como dirían las señoras bogotanas ‘ni fu ni fa’. Colombia es una economía semiabierta, en la cual el comercio exterior representa un porcentaje muy menor del producto interno bruto. El contrabando sigue siendo significativo a pesar de que, en teoría, todo se puede importar. La tasa de cambio flexible nos ha permitido evitar crisis de pagos, pero que nos hizo creer, durante muchos años, que éramos ricos. Ahora que su nivel es más racional, nos sentimos pobres porque nos acostumbramos a vivir con lujos de rico. Tenemos un Estado altamente intervencionista en la economía, que es, al mismo tiempo, incapaz de imponer la ley, administrar justicia o brindar seguridad. Si a ello le sumamos la corrupción desbordada y la desarticulación entre los diferentes niveles de la administración pública, terminamos en un adefesio con poca capacidad para enfrentar los desafíos nacionales.

Colombia no tiene justicia, su democracia está capturada por los corruptos y sus dirigentes hace tiempo abandonaron el sentido de lo público para convertir al Estado en un dispensador de rentas. Nuestro modelo de desarrollo no existe. Esa es la respuesta que hay que darle a los estudiantes.

Miguel Gómez Martínez
Asesor económico y empresarial
migomahu@hotmail.com

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