Ser o no ser

Redacción Portafolio
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Redacción Portafolio
septiembre 19 de 2008
2008-09-19 12:37 a.m.

"Ser o no ser, he ahí la cuestión". Shakespeare encaja como chip al computador en la reelección. A Álvaro Uribe la historia le va a recordar cómo uno de los tres presidentes de Colombia que han repetido mandato consecutivo, aunque no sólo por eso.

Cómo Uribe, los otros dos mandatarios se armaron de voluntad férrea e indómita para rescatar al país de la inviabilidad. La perseverancia de Bolívar inventó la patria donde no existían sino parroquianismos tenuemente unidos por la soberanía colonial de la Audiencia; Núñez la salvó de la catástrofe institucional. Y, cuando parecía entregada, Uribe la ha estado liberando de las tenazas narcoinsurgentes que la apachurraban literalmente a diestra y siniestra.

En el proceso, los tres presidentes acogieron el imaginario de la soberanía popular cómo lo fueron interpretando cada uno en su día. Cómo sus predecesores, Uribe ha sido acerbamente vituperado por émulos políticos con otras interpretaciones. Don Sancho Jimeno, en sus cavilaciones después de oponerse a los piratas que atacaron a Cartagena en 1697, los compara a los Reyes Católicos cuya voluntad de gobernar juntos hizo de España una nación unida.

Ahora bien, Bolívar y Núñez, y muchos otros que esta Colombia deshistoriada debería recordar, forjaron su fortaleza institucional. La edificaron para resistir retos cuya peligrosidad se revive con sólo ojear los anales de la república desde la segunda mitad del siglo XX. Y es ahí donde aparece el no ser. Los colombianos valoran su institucionalidad. Es parte de su sentido de pertenecer.

Instintivamente ponen en duda la conveniencia, no del reelegible, sino de la reelección.

No todos lo gobernantes de Colombia han sido como de mostrar.
Es el inconveniente del juego democrático, de esa soberanía popular tan sacrosanta, y tan sujeta a extraviarse. De esa semilla también germinan árboles torcidos. Pasa a cada rato aquí y allende las fronteras. No hay manera de evitarlo. Cualquier forma de gobierno es imperfecta por su origen humano, sobre todo si, a pesar de sus raíces griegas es un experimento tan joven como la democracia. La peor imperfección, sin embargo, es la que conduce a que sea institucionalmente permisivo perpetuarse en el poder. La segunda reelección abre una tronera.

En su expresión moderna, la democracia confía para su buen funcionamiento en mecanismos que le hacen contrapeso al poder ejecutivo. Tradicionalmente los factores de equilibrio han sido el legislativo y el judicial, pero hoy son más: el electoral, el de la prensa, el económico, el de los organismos de control, el académico.

Cuando el ejecutivo coopta el resto de los poderes le 'pone conejo' a la democracia. Puede por ejemplo impedir arbitrariamente que quienes no le simpatizan presenten sus nombres a consideración de las urnas. Está pasando donde los vecinos. No es que frenos constitucionales para evitar abusivas permanencias en el poder sean siempre eficaces, pero no dejan de ser un freno más.

El peso del Estado sobre el voto es muy grande. Es la razón para que a los funcionarios públicos se les prohíba intervenir en política, así sea casi imposible evitar que el presupuesto, desviado de fines más acordes con el bien común, se destine a propósitos electorales con el consecuente desperdicio de recursos escasos.

Ese sólo argumento bastaría para estimular el no ser, aunque el titular merezca muchos aplausos. En la práctica no siempre son tan buenos; lo que con frecuencia no les falta son las ganas quedarse.

Don Sancho Jimeno presenta excusas por la argumentación un tanto elíptica. Resulta que no las tiene todas consigo. Le desagrada la reelección como a muchos compatriotas pero a la hora de la verdad, si Uribe es candidato votará por él.

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