Umbrales políticos

La democracia necesita partidos serios (dos, tres, cuatro, cinco o seis), pero que correspondan a hechos reales y no a la dispersión ideológica y programática que hemos vivido últimamente en Colombia.

Redaccion Motor
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febrero 18 de 2013
2013-02-18 11:17 p.m.

La Constituyente de 1991, con el objetivo de golpear al bipartidismo liberal-conservador, abrió las compuertas, en sana actitud, para permitir que se presentaran a las contiendas electorales, no solo los partidos ya establecidos, sino las nuevas agrupaciones de ciudadanos.

Se abrió el paso a la presentación por ‘firmas’ y a la representación de minorías como indígenas o afrodescendientes. Hubo un momento en que cada parlamentario, por el solo hecho de serlo, podía actuar como partido político, con reconocimiento y financiación estatal.

Llegamos a tener más de setenta ‘partidos’, que en realidad no lo eran, si se entiende por tal una organización con ideas sobre el manejo del Estado y de la sociedad.

Con los indígenas y afrodescendientes, lo que ocurrió fue que de ellos se aprovecharon una serie de avivatos, quienes se las ingeniaron para recibir ‘avales’ sin tener nada que ver con esas minorías. También, muchos de ellos se propusieron obtener ventajas con la concesión de esos avales.

El Congreso trató luego, a través de sucesivos actos legislativos, conocidos con el pomposo nombre de ‘reformas políticas’, de poner fin a la proliferación de partidos de mentiras, y creó mecanismos como los de bancadas, prohibió el transfuguismo y elevó el umbral para lograr representación en las corporaciones públicas.

Inicialmente, se pensó en un umbral del 5 por ciento (como sucede en la mayoría de las democracias serias), y después se optó por un régimen de transición consistente en establecerlo en 2 por ciento para las elecciones últimas y en 3, para las futuras, empezando por las que se van a realizar dentro de un año.

Varias veces han salido a decir que ese aval, equivalente más o menos a 500 mil votos, podría frenar el surgimiento de nuevos partidos políticos y consolidar a las organizaciones políticas tradicionales. El argumento no es tan válido como se ve en apariencia.

La democracia necesita partidos serios (dos, tres, cuatro, cinco o seis), pero que correspondan a hechos reales y no a la dispersión ideológica y programática que hemos vivido últimamente en Colombia. Tener, por ejemplo, la posibilidad de listas abiertas al Congreso no ha llevado a mejores oportunidades para nuevas opciones, sino a que cada renglón de una lista sea, por sí, una campaña propia al interior del partido, con todo lo que ello significa para aumentar el precio de las elecciones y, por ende, la corrupción.

Para la izquierda, un umbral de 500 mil votos (que no es tan alto) lo que significa es asumir el reto de organizarse y crecer.

Hoy día, el problema no es el bipartidismo, pues, vía oportunismo, los liberales y conservadores se camuflaron en siglas. No hay que tenerle miedo al umbral. Hay espacio en Colombia como para un sólido partido de centroizquierda. La multiplicidad de partidos no es el mejor escenario para la democracia real. Nada sacamos con tener remedos de partido sin ninguna consistencia ideológica. Es un falso pluralismo y una falsa visión de la democracia. Irónicamente, había más política de verdad con el bipartidismo que con lo que tuvimos después.

Alfonso Gómez Méndez

Jurista y político

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