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Jueves 23 de Mayo 2013

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Altillanura: realidad y sueño

Abril 8 de 2012 - 5:45 pm


El desarrollo de la altillanura está apenas comenzando y tiene mucho potencial.

El área con potencial de desarrollo inmediato y que dispone de algo de infraestructura es de unas 440.000 hectáreas, pero en el más largo plazo y en la medida que se desarrollen vías de comunicación e infraestructura de apoyo, puede llegar a 4,5 millones de hectáreas.

Son varios los inversionistas que se han venido lanzando a la altillanura como la nueva frontera agrícola.

Algunos, orientados por el negocio especulativo de la tierra; otros, con la idea del desarrollo agrícola inmediato; y muchos, especialmente jóvenes, con la idea de esperar y ver que se desarrolla allí, y así tomar decisiones más acertadas.

Hasta el momento, ya se han sembrado diferentes especies agrícolas, como maíz, soya, arroz, palma de aceite, caucho, maderables, frutales, caña, cacao, entre otros, que en conjunto suman cerca de 90.000 hectáreas.

Sin embargo, el área con potencial de desarrollo inmediato y que dispone de algo de infraestructura es de unas 440.000 hectáreas. Para ello, en el más largo plazo y en la medida que se desarrollen vías de comunicación e infraestructura de apoyo, el potencial global puede llegar a 4,5 millones de hectáreas.

Como se puede observar, el desarrollo de la altillanura está apenas comenzando, por lo que se presenta tanto una realidad como un sueño.

A diferencia de la conquista del oeste americano, donde los colonos se lanzaron sin institucionalidad de apoyo ni conocimiento verdadero de para dónde iban y qué podían producir, la altillanura cuenta con una variada gama de instituciones y empresas que sirven de apoyo a los inversionistas: agremiaciones, desarrollo tecnológico, financiamiento, educación, maquinaria y equipos, insumos productivos, etc.

Además, hay una base real de conocimiento técnico, algunas veces desestimado, que les permite a los inversionistas productivos ir con tranquilidad.

Desde 1969, el Ciat, con un importante apoyo del ICA, estableció en Carimagua los programas de ganado de carne, porcinos, yuca, maíz, leguminosas, arroz, pastos y suelos.

Esta última disciplina fue la que le dio gran prestigio y visibilidad internacional al Ciat, además de gran conocimiento de unos suelos, generalmente considerados pobres, que a la hora de la verdad resultaron ‘diferentes’ y con un gran potencial productivo.

Con el conocimiento de suelos, se comenzó a desarrollar agricultura de bajos insumos, especialmente orientada a forrajes, yuca y arroz.

Sin embargo, hace unos 12 años, Corpoica, así como otras instituciones y empresas, comenzaron a incursionar en tecnologías de altos insumos, especialmente enmiendas para los suelos con el fin de desarrollar capa arable, la cual es casi inexistente. El resultado fue la producción maicera, soyera y, hasta cierto modo, arrocera de la región. Paralelamente, se incursionó en cultivos permanentes y forestales que se han convertido en motor del desarrollo agrícola.

Además, se ha venido consolidando la visión de conglomerados o clusters que permiten una adición de valor a la producción primaria y que repercute positivamente en el productor primario.

Todo lo anterior, aunque parece un cuento con gran futuro, tiene limitaciones que considerar. La altillanura no es homogénea.

El paisaje no es uniforme, pues hay sabanas y serranía que tienen características diferentes. La temperatura y luminosidad tienen importantes rangos de variación. Los suelos son ácidos con diferentes contenidos de aluminio, que afectan negativamente la agricultura.

La precipitación no es pareja, pues disminuye en la medida que aumenta la distancia de la cordillera o pie de monte y oscila entre 3.000 y 4.000 milímetros. Aunque aparentemente es aceptable, esta se concentra entre abril y noviembre con una época de sequía intensa de cuatro meses, lo que puede presentar un estrés hídrico en algunos cultivos.

La región no solo está teniendo un desarrollo agrícola, sino, paralelamente una pujante industria petrolera que, aunque tiene beneficios indiscutibles para el país, puede presentar efectos negativos para el desarrollo agrícola. Entre los más sobresalientes se encuentran las altas remuneraciones de trabajadores petroleros; el incremento en el costo de vida que resulta de altos salarios; la alteración de la tranquilidad laboral, ya observada en varias regiones petroleras; el deterioro de la red vial por el paso de pesados tractocamiones que transportan crudo, y los daños ambientales sobre las fuentes de agua y suelos.

Sin embargo, las petroleras están también contribuyendo al desarrollo agrícola con proyectos con las comunidades y megaproyectos como el de etanol.

El desarrollo de la región, rápido o lento, depende en gran medida de la inversión estatal así como del empuje del desarrollo institucional público y privado, pues son estas las bases que promueven la inversión privada en proyectos productivos.

La inversión estatal en los diferentes rubros se verá reflejada en el Conpes que sobre la altillanura viene desarrollando Planeación Nacional y que va a definir el verdadero compromiso del estado con la región.
Luis Arango Nieto
ExViceministro de Agricultura

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