Augusto Galán Sarmiento
análisis

Estadistas en Bogotá y ‘manzanillos’ en las regiones

La presencia del clientelismo es una muestra de la debilidad del capital social que existe en el país.

Augusto Galán Sarmiento
POR:
Augusto Galán Sarmiento
agosto 23 de 2017
2017-08-23 08:39 p.m.
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Algunos de los recientes cambios en las cabezas de ministerios y de altas entidades del Gobierno han generado polémica. El nombramiento del reemplazo de la directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) ha sido uno de los más discutidos. Una institución que atiende aspectos complejos de nuestra sociedad, con uno de los presupuestos más altos entre las entidades gubernamentales, requiere una dirección con mucho conocimiento técnico, gran sensibilidad social y efectivas capacidades gerenciales.

No me entrometeré en las discusiones sobre el director propuesto, tampoco en si han sido justos o no los señalamientos. La que si comparto, con la inmensa mayoría de la ciudadanía, es la aspiración a que a la administración pública lleguen funcionarios que se encuentren alejados de la politiquería, del clientelismo y, por supuesto, de cualquier proclividad a incurrir en actos de corrupción. En cargos como ese con mayor razón, por las competencias y los delicados temas que son de su responsabilidad.

En el país estamos asqueados de que el clientelismo sea una práctica predominante para ejercer la política y administrar lo público. Nos hallamos hastiados de ese proceder, embrión de la corrupción, que parte de la transacción de votos cautivos por puestos para hacer del ejercicio político una empresa privada y enriquecer a unos en detrimento de la buena función pública. Esa acción con la cual muchos políticos aparentan ser estadistas en Bogotá, pero son verdaderos ‘manzanillos’ en los departamentos y municipios, cooptando direcciones territoriales de entidades nacionales y regionales. El clientelismo es una forma de operación subversiva contra el Estado, que causa igual o más daño a la sociedad que las acciones violentas que tradicionalmente repudiamos.

En los últimos cuatro años, a la cabeza del ICBF estuvo una persona a quien felicitamos porque se impuso con firmeza contra esas transacciones en las que priman compromisos electoreros que dilapidan recursos de inversión social y lesionan la lucha contra la pobreza y la inequidad. Como la práctica corriente es otra, terminamos congratulando a una funcionaria pública porque ha cumplido con ese mínimo compromiso de trabajar con transparencia y probidad, lo que debería ser el comportamiento corriente de cualquier servidor del Estado.

Ojalá la conducta que ella asumió con valentía no haya sido la causa de presiones para su retiro; aunque muchos politiqueros, de dudosa orientación, deben estar felices con su partida y asechando a la espera de capturar este magnífico trofeo del ICBF en los umbrales de una campaña electoral. Esperemos que el Presidente de la República no caiga en celadas que le tiendan para esta entidad o cualquier otra.

El sector salud, a nivel nacional y territorial, no ha estado ajeno a las acometidas de esas prácticas clientelistas. Por fortuna, a la cabeza de la autoridad sanitaria nacional se ha encontrado un funcionario que también ha sido firme contra esos comportamientos politiqueros. Los intentos se han dado por la Supersalud, el Invima y, por supuesto, por cargos directivos del propio Ministerio. El talante honesto y técnico del Ministro es reconocido por todos dentro del sistema, más allá de las diferencias que puedan haber generado algunas de sus decisiones técnicas entre algunos agentes del sector.

No debe haber ninguna duda sobre la aspiración unívoca de quienes trabajamos en el sector salud para que se preserve y se incremente la capacidad institucional de las entidades que hacen parte de la autoridad sanitaria nacional, sostenidos en la técnica, la academia, la transparencia y el diálogo que fortalezca la legitimidad. Los avances que se pueden haber dado en estos aspectos deben ser protegidos desde la sociedad civil, con el deseo de verlos fortalecidos y extendidos a las entidades territoriales. La politiquería y el clientelismo no pueden tener cabida en el sistema de salud y donde exista deben ser erradicados. Este debe ser un acuerdo esencial de todos sus agentes a todos los niveles.

La presencia del clientelismo es una muestra de la debilidad del capital social que existe en el país, pues la ausencia de partidos políticos sólidos, en verdad democráticos, con gobernanza efectiva y responsabilidad ante los ciudadanos es un factor para que prevalezca ese azote en nuestra sociedad.

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