Beethoven Herrera Valencia

Un siglo de la revolución bolchevique

Paul Krugman en su estudio ‘Mito del milagro asiático’, compara el modelo de los tigres asiáticos con el que adoptó Stalin.

Beethoven Herrera Valencia
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Beethoven Herrera Valencia
noviembre 19 de 2017
2017-11-19 06:29 p.m.
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La mayoría de artículos publicados por el centenario de la revolución bolchevique, denunciaron, con razón, el despotismo de Stalin; pero otras dimensiones de ese proceso quedaron en la penumbra: ¿cómo ese país, con un inmenso territorio, aunque rezagado en su desarrollo económico y político, pudo llegar a ser en solo medio siglo la segunda superpotencia nuclear, espacial y actor determinante en el diseño de las relaciones geopolíticas del mundo? ¿Y, cómo aún hoy, un cuarto de siglo después de la caída del régimen soviético, puede incidir en las elecciones de Estados Unidos?

A explicar ese proceso económico, dedicó Paul Krugman su estudio ‘Mito del milagro asiático’, en el cual compara el modelo de los tigres asiáticos con el que adoptó Stalin; y explica la insostenibilidad del modelo por su incapacidad de competir en innovación, dado el carácter estatista de la propiedad y la planificación burocrática. De ese fracaso se habla poco, y en cambio han aparecido modelos ‘socialistas del siglo XXI’ que no mencionan a Marx ni a Lenin: ¿Se tratará de volver a los socialistas utópicos como Blanc, Owen, Moro, Proudhom y Fourier?

Especialmente grave, es que los comentaristas del centenario bolchevique no aborden la dimensión geopolítica de ese proceso. Solo la historiadora británica, Catherine Merridale, en su libro El tren de Lenin, mostró las facilidades que Alemania otorgó a Lenin para regresar desde Suiza a crearle dificultades internas al zar, su enemigo en la Primera Guerra Mundial. Luego de tomar el poder, Lenin firmó el Tratado de Brest-Litovsk, que entregó a Alemania: Finlandia, Polonia, Estonia, Livonia, Curlandia, Lituania, Ucrania y Besarabia; pero fue anulado tras la derrota alemana.

Stalin propuso a los aliados occidentales desembarcar por Italia, en el centro de Europa, para dividir el campo nazi, lo cual no fue atendido y prefirieron hacerlo por Normandía. Nadie suponía que la Urss resistiría a Hitler, con el precio de 25 millones de muertos. El Ejército Rojo llegó primero a Berlín, y parte de Alemania, Polonia, Rumania, Bulgaria y Checoslovaquia quedaron por medio siglo bajo dominio ruso.

Pocos se refieren a la asimetría en las relaciones de Rusia con sus satélites: mientras se reservaba la producción espacial y atómica, dejaba a alemanes, rumanos y checos la producción de camiones, tractores y automóviles. Mao denominó ‘socialimperialismo’ a esa relación subordinada: La Urss invadió Hungría en 1956 para deponer y fusilar al premier Imre Nagy –a quien enterraron boca abajo–, atacó Checoslovaquia en 1968 para destituir a Alexander Dubceck, que defendía la soberanía y su invasión a Afganistán desencadenó la disolución de la Urss.

Cuando escuché que el estudiante Jan Palach se había inmolado frente a los tanques soviéticos, en Praga, me prometí ir a rendir tributo a su memoria. ¡Ya lo cumplí !

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