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Miércoles 19 de Junio 2013

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Pensar la fronteraN y D

Fronteras anárquicas

12/04/2011

Son muchas las perspectivas desde las cuales vale la pena reconceptualizar las fronteras. Ya hemos discutido en repetidas ocasiones que las fronteras no son solo aquellas que vemos en los mapas, esas líneas sobre las cuales litigan los estados modernos y que en realidad es más lo que omiten que lo que muestran. En esta oportunidad queremos ampliar el repertorio interpretativo sobre las fronteras valiéndonos del más reciente trabajo de un antropólogo interesante, James C. Scott.

Este señor publicó un libro en 2009 titulado The Art of Not Being Governed: An Anarchist History of Upland Southeast Asia.  En este extenso trabajo Scott insiste en algo que no es nuevo: aún es posible encontrar espacios del globo libres de dominación estatal. Esta es una tesis que desde el principio choca con lo que nos muestra un típico mapa: ¿acaso es posible encontrar en ellos un pedazo de tierra que no sea reclamado por algún estado? Podemos, sin embargo, imaginarnos mapas de otro tipo. Estos mapas darían cuenta de la extensión real de la soberanía de cada centro de poder. Bajo esta novedosa perspectiva, la superficie de la tierra ya no estaría totalmente copada por estados que rebotan los unos contra los otros por falta de espacio. De hecho, grandes porciones de territorio se mostrarían vacías, no de gente, pero sí de estructuras estatales. Nuevas fronteras se abrirían ante nuestros ojos, ya no como líneas limítrofes que separan los espacios dentro de los cuales un determinado estado puede cobrar impuestos y reclutar soldados, sino como zonas propicias para escapar a la autoridad del estado donde no se reproducen sus estructuras elementales. Es a esto a lo que nos referimos con el término “fronteras anárquicas”.

Cartografiar el ejercicio real de la soberanía en la forma que lo sugiere Scott presenta una gran ventaja: nos muestra un mundo con opciones que ya ni siquiera se nos pasan por la cabeza. Parece que todavía es posible, aunque cada vez menos, vivir por fuera de un estado. Estos espacios carentes de estado, según Scott, son una alternativa para grupos de personas desencantadas con la idea de ciudadanía moderna o con la no tan moderna idea de ser sujetos bajo la autoridad de un monarca. La historia de Zomia, una región montañosa que se extiende a través de varios estados del sureste asiático, da cuenta de cómo la geografía genera opciones que son explotadas por diversas minorías étnicas para escapar de los estilos de vida impuestos por la autoridad estatal. La geografía, según este antropólogo, genera un tipo de fricción que limita seriamente los esfuerzos de los estados modernos por extender su soberanía. Selvas frondosas, zonas empantanadas, elevadas cordilleras, entre otras, pueden ser serios obstáculos para el dominio estatal, incluso en tiempos de gran avance tecnológico.

Esta región ha sido un refugio hacia el cual han huido diversos grupos humanos durante casi dos mil años de historia tratando de evadir el brazo de la “civilización”. Contrario a lo que nos dice el discurso moderno, los grupos humanos que habitan estas zonas no son los rezagos de un estilo de vida bárbaro. No es que el tren del progreso los haya dejado atrás; más bien parece que han optado por este estilo de vida de forma consciente. Son una reacción a la modernidad representada por el estado. Las fronteras anárquicas, siguiendo a Scott, proveen el espacio necesario para estilos de vida radicalmente distintos. En ellos la agricultura es diferente, las heterodoxias religiosas son la regla, las estructuras sociales jerárquicas la excepción. La cultura oral es protagonista y la escritura es vista con sospecha. Estas diferencias se explican por lo que es visto como su principal ventaja: son prácticas que sirven para prevenir la emergencia de estructuras estatales.

Sin embargo, aunque este es el argumento principal del libro, también es su mayor debilidad. Más que un argumento, Scott parece estar hablando con el deseo: como el estilo de vida que se lleva en esta región no ha dado lugar a estructuras estatales entonces debe ser que allí se vive así porque explícitamente se rechaza al estado. Los efectos producidos por el estilo de vida de estas comunidades toman la forma de un acto deliberado de resistencia frente a la modernidad sin que se aporten pruebas contundentes al respecto. Scott parece estar viendo anarquismo y resistencia allí donde no hay más que acomodamiento ante las dinámicas excluyentes y opresivas del estado moderno.

Aun así, la existencia de estas fronteras se sostiene y enriquece nuestra perspectiva. No importa si estas son activamente construidas por las comunidades que las habitan o no. Lo que importa es que los límites que se imponen a la soberanía estatal por la geografía generan fronteras de un nuevo tipo que no vemos en los mapas tradicionales. Sería esta una cartografía de lo que hoy se conoce como estados fallidos, si queremos dar cuenta de la incapacidad del estado para dominar su territorio, pero también podría verse como una cartografía libertaria que nos muestra los espacios que aún están disponibles para intentar estilos de vida que no encuentran cabida dentro del estado.  

Paradójicamente, y para cerrar, solo en momentos críticos abrimos los ojos ante la realidad de estas fronteras. Los atentados del 9/11, de forma excepcional, dirigieron la atención de las autoridades de los Estados Unidos hacia la existencia de estas fronteras.  Regiones remotas y anárquicas como las que refugian a Al-Qaeda en la frontera entre Paquistán y Afganistán cuadran con el modelo presentado por Scott y han generado un revolcón en la forma en la que ahora entendemos el derecho y las relaciones internacionales, la guerra y el terrorismo. El mundo no puede ser captado correctamente bajo la perspectiva de los mapas tradicionales. Lastimosamente, hemos abierto los ojos a las fronteras anárquicas en situaciones como éstas, pero Scott insistiría en que son muchas las cosas positivas que podríamos aprender de regiones como Zomia. Podemos escoger bajo qué perspectiva verlas.


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