Carlos Gustavo Álvarez
Columnista

Chichipato y chuchumeco

Hubo tiempos en que por las tierras cachacas se usaban otras palabras, casi todas encabezadas por la cuarta letra del alfabeto, la Ch, che, chibcha.

Carlos Gustavo Álvarez
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Carlos Gustavo Álvarez
marzo 01 de 2018
2018-03-01 08:41 p.m.
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Hubo tiempos en que por las tierras cachacas se usaban otras palabras, casi todas encabezadas por la cuarta letra del alfabeto, la Ch, che, chibcha.
Si usted perdía la chanfa o la chanfaina, luego del chasco se achicopalaba, se sentía chichipato y tenía que dejar de chicanear hasta que le saliera otra chamba.

En la calle se le podía aparecer un choro que casi siempre era chusma, un chivato o un chocante chisgarabís, que lo chalequeaba si no aparecía un chupa. La papa en chupe que hacía mi cuchita quedaba de rechupete, pero si uno chorreaba el mantel ella se enchichaba.

El que era chirriado podía levantarse una china bien chusca. Luego de chocholearla, apechicharla y hacerle apapachos se le podía dar un pico, pero si la cosa pasaba a mayores se convertía en chupalina. La gente hablaba y escribía menos cháchara. Las chanzas podían volverse chisme, y en la chacota alguien podía salir chamuscado y sacar la chapa.

En el baño había totuma, estropajo, piedra pómez y jabón de tierra. El pelo se cuidaba no con champú sino con loción capilar tricófero de Barry. Luego de afeitarse, los hombres se aplicaban Alhucema Patico. Pero todo eso servía para nada si usted tenía chucha: el golpe de ala espantaba. Los hombres mayores eran cuchos o catanos, y toda la familia esperaba que la vejez fuera feliz y que no se volvieran chochos ni chuchumecos.

En casi toda reunión había una Chava, un Chucho, un Chepe y una Chila. Las mujeres y los chiquitos hacían chichí, pero cuando a estos últimos algo les caía mal les daban churrias. Se volvían chinchosos y chillaban hasta que la mamá tenía que decirles ¡chito!

Un objeto más o menos conocido o con nombre desconocido era un chuflí o un cuchuflí, una cosiánfila o un cochornito.

No había ‘sales’ ni gangas, sino chisgas que se podían comprar como chichiguas. Como no construían centros comerciales, sino pasajes, la gente se iba a chapinerear (a juniniar, en Medellín) o a darse un septimazo. Un carro viejo se volvía chéchere o cacharro, y ese asunto duró hasta que Roberto Carlos tomó-su-cacharrito-a-una-gran-velocidad y hasta ahí llegó.

La ropa se echaba en un joto para que la ‘aplancharan’. Las medidas del mercado eran un atado, una pizca, el tris y un puchito. Las mujeres usaban chal, casi todos los perros eran chandosos y la corrupción se definía como movida chueca, chancuco o embuchado. Cuando uno se caía o le daba un soponcio se podía romper la testa o la crisma. Había que darse por bien servido si solo le salía un chichón, pero era grave cuando se le abría una chaguala.

A las damas en trance de conquista no les gustaban los hombres esmirriados y mucho menos descachalandrados y chabacanos. Eso sí, las encantaba el que tenía chispa y no era ningún chafarote ni olía a picho ni a pachulí. Uno llamaba a los amigos chiflándoles desde la calle, las bebidas se consumían hasta el cuncho y había gente que sacaba tanta roncha que uno no la invitaba jamás ni a comer cuchuco ni a bailar chucuchucu. En fin, era otra época. Ninguna pichurria, pizcos.

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