Despertemos, Carlos Gustavo Álvarez, 7 de abril de 2017 | Opinión | Portafolio
Carlos Gustavo Álvarez
columnista

¡Despertemos!

Nuestro principal problema es la in- diferencia. La for- ma patética como todo nos resbala.

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
abril 06 de 2017
2017-04-06 08:16 p.m.
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Pocas Semanas Santas han cogido a Colombia tan mal parada. No recuerdo ninguna, en mi vida que ya saltó el medio siglo. Tres cuartas partes de los colombianos consideran que este país va por mal camino y los índices de confianza industrial y del consumidor están cayendo como cocos, desplomándose este último a su peor nivel en los últimos 15 años.

El pesimismo nos está talando el alma con el hacha aguzada de la corrupción y el filo de la polarización, un enfrentamiento entre nosotros, que ya no es solo político sino visceral, quebrantando, incluso, familias, amigos y parejas. Cómo será, que hemos perdido el trofeo ilusorio de ‘país más feliz’, clasificación en la que ya no somos subcampeones y ni siquiera tercera princesa. Y ocurre el siniestro de Mocoa…

El Presidente de la República corona la cresta de la decepción en nuestros políticos, a los que francamente resulta muy difícil llamar líderes. Es una situación bastante paradójica la de Juan Manuel Santos, desaprobado en la forma como maneja al país y con una perniciosa imagen desfavorable. Reconocido en el exterior, premio nobel, gestor de un inédito proceso de paz y con una lista de logros y aciertos, no ha establecido con sus compatriotas fundamentales premisas de un líder: veracidad, credibilidad, ascendencia, reconocimiento y capacidad de convocatoria. Como Marroquín, recibió un país y nos va devolver dos. ¡La división multiplicada!

¿Qué nos pasa? ¿Por qué hemos perdido la esperanza de esa manera tan lamentable? ¿Por qué nos hemos refugiado en la chismografía de los irredentos, vaciados en la crítica, pero negados en las propuestas y en las soluciones reales y comprometidas, y lo que es peor, completamente negados a despertar, a tomar en nuestras manos el destino colectivo, por la vía de la acción y el ejercicio ciudadanos (¡Dios nos libre de la violencia!)? ¿Por qué estamos dejando que a nuestro terruño se lo lleve el patas?

Hemos puesto de moda a la corrupción como la madre de todos nuestros males. Y no es para menos. Por el volumen de los recursos que fagocita, por la forma como ha carcomido al sistema político, a la empresa privada y a sus representantes. Pero, sobre todo, porque nos flagela en nuestros actos comunes y cotidianos y se ha convertido en un modo de vida.

Y sin embargo, a pesar de esa sombra y su metástasis, no creo que esta sea nuestro principal problema. Es la indiferencia. La forma patética como todo nos resbala. El ensimismamiento en nuestro propio asunto de sobrevivir y la incapacidad de ser comunidad, colectivo y sociedad forjadora del cambio y no mirona del desplome. Por lo visto incluso en vecinos como Ecuador y Perú, esa es nuestra idiosincrasia. Pero ya no nos sirve. No en este mundo. Ni para este momento. Ni para el futuro. Es un legado de vergüenza.

Seguramente, en los próximos días nos desparramaremos en los veraneaderos y en las playas, pero solo estaremos convocados en las iglesias, cualesquiera que ellas sean. Que la voz que salga de esos púlpitos y en esas prédicas sea un llamado a despertar. Como el Cristo que resucita. No podemos seguir así.

Carlos Gustavo Álvarez G.
Periodista
cgalvarezg@gmail.com

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