Carlos Gustavo Álvarez
columnista 

Hermano país

Desde hace tres años, los colombianos están retornando de Venezuela y los ciudadanos de ese país vienen despachados en un éxodo de supervivencia.

Carlos Gustavo Álvarez
Opinión
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
febrero 09 de 2017
2017-02-09 09:11 p.m.
http://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/02/22/56cb679eb2280.png

La más grande migración que haya recibido súbitamente Colombia la vienen realizando, desde hace tres años, los colombianos que están retornando de Venezuela y los ciudadanos de ese país, despachados en un éxodo de supervivencia.

De los primeros, no se tiene noticia cierta de cómo se están insertando en la precaria vida económica nacional, en la que los residentes se mueven entre bajas ofertas de empleo formal y una sobreabundancia de informalidad e ilegalidad. Los segundos, se están dispersando entre el rebusque y la ubicación en puestos de relativa o completa formalidad.

No hay sitio ya en el que el acento no indique la presencia de un nacional venezolano, incorporado al aparato productivo nacional y a su vida cotidiana. En peluquerías y salones de belleza, en almacenes de venta masiva y en calles y lugares de muchas ciudades de Colombia, están chicas y chicos de Venezuela, trabajando con entusiasmo y ahínco.

La migración es, sin embargo, masiva y caótica. No se le pueden pedir peras al olmo de la angustiosa situación que vive el hermano país y a la huida de supervivencia que deben emprender millones de sus habitantes. Tampoco se puede hablar maravillas del control nacional, en una frontera legendariamente porosa, sobre todo en territorios prácticamente binacionales como La Guajira.

La costa Caribe, en sus zonas marina y sabanera, está recibiendo con mayor rigor el desembarco. Un reporte reciente señalaba la existencia de 39.191 casos de migración venezolana en el Atlántico. De ellos, 12.810 personas se habían asentado en Sabanalarga.

Es grave no tener cifras precisas que le permitan a observadores y autoridades formarse una idea exacta de ese alud migratorio. Toca conformarse con saber números generales, como los 326.000 que entraron en agosto del 2016 a ‘hacer mercado’, cuando se abrió la frontera, y que se sumaron a los 111.370 que lo habían hecho en el primer semestre. Se dijo que de los que llegaron en el mes de las cometas, se quedaron 35.000.

Atender esas ingentes cantidades de población, con sus más inmensas necesidades, y cuantificar su costo, es otro ejercicio que no se ha hecho. Lo cierto es que tienen desbordados los ya agonizantes servicios de salud del Caribe. A Cartagena, especialmente, siguen llegando venezolanas embarazadas, a quienes atiende el agobiado sistema de salud colombiano. Como es previsible, arriban todo tipo de profesiones, incluso las que alivian las pasiones, que ya le han montado competencia a sus colegas de Colombia.

La situación en Cúcuta es preocupante, pues la ciudad está cargando con el peso de entradas legales e ilegales, y asentamientos lícitos y de los otros. Colombia no ha sido propiamente un país masivamente cosmopolita. Hoy le está tocando serlo, pues no son solo los venezolanos hermanos los que se están viniendo a trabajar o buscar fortuna en nuestra tierra.

Como ya se ha dicho, abrir nuestras puertas a los venezolanos es un caso de mínima reciprocidad. Por décadas, Venezuela lo hizo con nosotros, ofreciéndonos, en buena parte de las veces, mejores condiciones de vida de las que se encontraban acá. Pero el Gobierno debería prestar más atención a ese asunto. Porque ese plátano ya se está poniendo Maduro.

Carlos Gustavo Álvarez G.
Periodista
Cgalvarezg@gmail.com

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado