Carlos Gustavo Álvarez

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Carlos Gustavo Álvarez
Opinión
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
febrero 19 de 2016
2016-02-19 07:28 a.m.
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Signado por los malos augurios de su condición, este año bisiesto en Colombia transita en medio de un agónico desbarajuste institucional. No están marchando bien las cosas en el país. En un mundo convulsionado y riesgoso, en términos sociales, políticos y sobre todo, económicos, y bajo el rayo de un clima en ascuas, la patria parece que en vez de estar ordenándose, se está descomponiendo.

Y Juan Manuel Santos “no logra esbozar el mapa de la crisis”, como está planteado en el libro El presidente sitiado, de Pedro Medellín, que trata sobre la ingobernabilidad y la erosión del poder presidencial en Colombia. Y aunque sus páginas están mayoritariamente copadas por referencias al gobierno de Uribe, las reflexiones fundamentales pueden aplicarse a este segundo periodo del periodista que ha fungido como su antípoda.

“Cada vez ha sido más recurrente que los problemas de gobernabilidad –asegura Medellín–, surgidos del natural desgaste de la institución presidencial, al no ser debidamente tratados terminan por erosionar el poder presidencial”. Es posible que además de este axioma, la forma de gobernar (o no gobernar) de Santos esté haciendo agua y los problemas que brotan a tutiplén, creados, muchas veces, por falta de autoridad o la dispersión en su ejercicio, estén demandando un cambio en la manera de practicar la gobernanza, de sintonizar los ideales del gobierno con las realidades del país y de comunicar ambas.

Un segundo periodo de gobierno, además de su desgaste intrínseco, lleva un acumulado de deudas y falencias que indisponen los alegres números de la popularidad. Cuánto ha corroído al presidente Santos, en términos de imagen, lo que comenzó como el chiste de ‘la mermelada’ y acabó convirtiéndose en supuesto de un modus operandi torvo y doloso. No menos que ese enfrentamiento empecinado con su antecesor, que ya se está volviendo acto reflejo para explicar todo lo que ocurre en el país.

La consagración de las Farc como nuestro problema primordial ha terminado configurando un monotemático ejercicio. Su relato triunfal ante el mundo, mientras en el país despierta dudas por su revelación fragmentada y por la generación de más oscuridades que transparencias. La comunicación que no fructifica y que se descacha como la reciente declaración en Washington, en un viaje que contrarió con insolencia la homilía de la austeridad.

Acciones torpes de fichas gubernamentales agravan el asunto, como una explicación del costo de los alimentos traída de los cabellos y el despelote introducido en el mercado de los automóviles por una insostenible tabla de avalúos que condujo a unos impuestos fantasiosos. Y el carcinoma de la Policía. Y… Y…

Y en fin, un discurso permanente como armado para otro país, siempre incólume e histórico, siempre cargado de acciones primigenias en la vida nacional, mientras la cotidianidad de los colombianos es otra cosa, otro su minutero de vida.

Aún está a tiempo el presidente Santos de imponer una acción telúrica a un formato de gobierno que ha escorado. Sobre todo porque un país en estas condiciones estaría entrando naufragado a los terrenos procelosos del posconflicto. Y por favor, tener cuidado en ir a creer que la panacea es el sonajero de una crisis ministerial…

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