Carlos Gustavo Álvarez
columnista

Presidente Trump

Tanto abuso y por tanto tiempo parece haber colmado la paciencia de los norteamericanos. Ojalá sirva de lección a clases dirigentes de otros países.

Carlos Gustavo Álvarez
Opinión
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
noviembre 04 de 2016
2016-11-03 08:56 p.m.
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En contadas horas Estados Unidos tendrá como 45º presidente a Donald Trump. Habrá concluido un debate que no se puede llamar ‘político’, que exhibe una vergüenza inédita y representa la campaña más costosa en la historia democrática de ese país, en el que ni la señora Clinton ni el lamentable triunfador dieron la talla, ambos apenaron la dialéctica y juntos terminaron en una mazamorra de chismografía y bajezas.

Trump es el hazmerreír del mundo. Apropiado de un discurso vesánico, se campea por ávidos medios de comunicación al estilo de tiranos africanos o déspotas de la otrora Cortina de Hierro. Promete devolver a EE. UU. épocas gloriosas, levantar un muro inverosímil que cobraría a su vecino mexicano, que, a su vez, pondría la mayor cuota de los millones de inmigrantes que Mr. President pondría de patitas en la frontera.

La victoria de Trump será la tercera gran sorpresa de este 2016. Se unirá al ‘Brexit’ y al ‘No’ colombiano para demostrar cuánto ha cambiado el mundo, pero, sobre todo, el grado de ineptitud de las clases dirigentes para leer las corrientes populares subterráneas, jugar limpio y prevenir las convulsiones sociales.

Se atribuye el triunfo de Trump a la investigación que el FBI le ha atravesado a la señora Clinton por sus correos de marras, cuando oficiaba como jefe de la diplomacia gringa.
En realidad, ella es considerada ‘la dama de la guerra’, y más que una pareja, conforma con su cónyuge una corporación financiera. Esas certidumbres no han cambiado con el cuento de hadas de la primera mujer presidenta ni con el disfraz de Caperucita que se ha puesto para contender con el lobo. La esposa de Bill solo genera desconfianza.

Las razones de una decadencia económica y social de EE. UU. habrían comenzado con el apuesto presidente Kennedy, y gestaron desde entonces un caldo de cultivo que estalló en las manos del carismático Obama. Tendrían como secuela principal la ruina de la clase media norteamericana, otrora bastión del American Way of Life, y develarían como cruel torniquete a la inflación que estanca los ingresos y multiplica los gastos.

Nixon sacó el dólar estadounidense del patrón oro, manipuló la inflación, alteró el IPC y puso a los gobiernos a imprimir billetes sin fondos. Sus sucesores no fueron mejores, pero la crisis hipotecaria del 2007 reventó las esclusas. Robert T. Kiyosaki, el autor de Padre rico, padre pobre, que también ha escrito con Trump libros sobre la riqueza, y que saluda su presidencia como la de un mesías, señala, en La segunda oportunidad, que Bill Clinton es el gran responsable de esa debacle. “Volvió ricos a sus amigos banqueros, muy, muy ricos, a costa de los pobres y la clase media”.

Los Clinton han sido uña y mugre con Obama, a quien hoy se le valora la predicada panacea del Obama Care como una ley fiscal que encarece los costos de la salud y enriquece a las aseguradoras privadas. Tanto abuso y por tanto tiempo parece haber colmado la paciencia de los norteamericanos, y ojalá sirva de lección a las clases dirigentes de otros países. El lobo aullará en el Salón Oval.

Carlos Gustavo Álvarez G
Periodista
cgalvarezg@gmail.com

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