Carlos Gustavo Álvarez

Anomalías

Carlos Gustavo Álvarez
Opinión
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
noviembre 28 de 2014
2014-11-28 03:16 a.m.
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Por una corrupción del mercado, que la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC) está tratando de limpiar, se está hablando del papel higiénico. Enrollado en esa coyuntura, me atrevo a evacuar unas reflexiones sobre este producto, usado por una gran parte de la humanidad (ya que algo tenemos en común). Y casi tan importante en la historia sanitaria del mundo, como el jabón, el cepillo de dientes, la crema dental, los desodorantes y los salvadores perfumes.

La limpieza es un invento reciente, por lo menos en su práctica masiva y permanente. Como en tantos otros asuntos, hasta mediados del siglo XX comenzamos a dejar de ser tan cochinos como fuimos en el pasado. Un, hasta simpático, artículo de Wikipedia señala que el papel higiénico se usaba en el siglo VI a. c., pero que en el verdaderamente oscuro, en términos de asepsia, siglo IX, las personas lo habían reemplazado por rudimentos de potaje: hojas de lechuga y agua. De ahí los chistes y los viejos verdes.

La cosa no sería más limpia en siglos posteriores. Para quienes visitan el Palacio de Versalles, inaugurado el 6 de mayo de 1682, es claro advertir situaciones anómalas. Por ejemplo, que la cama del Rey es un verdadero catre humillado por la King Size de la Reina. Y que no hay baños. Creo que por entonces, y como durante mucho tiempo, se usaba la mica, asentada en la cual el Monarca intercambiaba con sus consejeros anónimos asuntos de Estado. El resultado de la reunión se tiraba por las ventanas aunque fuera anodino.

Y el olor era anonadante. Parece que el abanico no se hizo para las manolas, ni mucho menos para espantar el calor. Todo parece indicar que las emanaciones trascendían los espesos vestidos, concebidos así porque más adentro se anotaba la falta de aseo. Uno se abanicaba o se intoxicaba. Las novias no usaban ramos de flores para que se casara una amiga, sino para oler un poquito mejor que el pretendiente. Ser lacayo, entonces, tenía mucho que ver con la inopia, la hiposmia y la anosmia, y la obligación de cargar con los regalos de los patrones. Parece que en las fiestas en los perfumados jardines no se tocaban retretas, sino retretes.

Un siglo después, según el relato de Patrick Suskind en El Perfume, París no era una fiesta como le tocó a Hemingway, sino una verdadera merde. ‘Reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno’. Nada diferente al que circulaba por la anotomía de Bogotá antes del alcantarillado, cuando la gente lanzaba por las fenetres lo mismo que en Versalles (para que no se crea que somos unos patinchaos) y las acequias democratizaban la carga.

El artículo de Wikipedia señala que en Suecia se usa más papel higiénico por persona al año, unos 15 kg, el doble de Europa. Como es posible que nos afanemos por ser los primeros, como en las pruebas Pisa, hay que decir que mundialmente el consumo es de 4 kg persona/año. No hay afán. Tranquilos. Con el PIB actual es suficiente. Lo que sí es vergonzoso es que algunas empresas se asocien para tumbarnos con los pañales y el papel higiénico. Es como si nos estuvieran dando por el Cartel.

Carlos Gustavo Álvarez G.

Periodista

cgalvarezg@gmail.com


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