Carlos Gustavo Álvarez

Bombillo: apaga y vete

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
diciembre 13 de 2013
2013-12-13 03:33 a.m.
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En Colombia, el bombillo tiene los días contados. El 31 de diciembre es la fecha establecida por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible para que las decimonónicas lámparas incandescentes –ampolletas, bombillas, bombillos, bombitas, focos o lamparitas– apaguen y se vayan del mercado colombiano.

Adiós al bombillo con el que muchos crecimos, la primera claridad nocturna que conocimos, cuando está también a pocos días de cumplir sus primeros 134 años. Fue patentado por ese controvertido, pero fascinante personaje llamado Thomas Alva Edison, cuyo primordial sentido del american way of life era entender que por muy buenas que sean las ideas, solo sirven si se registran y tienen viabilidad comercial. Así instauró la producción de luz mediante el calentamiento y con una cierta larga vida de la segunda invención más importante del siglo XIX. El bombillo fue el heraldo de una nueva era que dejaba atrás el queroseno.

Esa genialidad fue su desastre trece décadas después. Aunque sea responsable del 19 por ciento del consumo energético mundial, el bombillo no alumbra su futuro. Con su forma tradicional de pera, desperdicia en calor el 95 por ciento de la energía que consume y de la que solo aprovecha el porcentaje restante para hacer la luz. Nada tiene que hacer frente a una lámpara LED (diodo emisor de luz), que es realmente una luminosa antípoda: transforma el 98 por ciento de la energía en luz y solo el 2 por ciento en calor. El costo anual del consumo de energía en un hogar se puede disminuir en un 80 por ciento.

Hace cuatro años se definió que esa realidad hacía inviable al entrañable bombillo. El primero de septiembre del 2009, la Unión Europea implementó su prohibición de fabricar y comercializar lámparas incandescentes, comenzando por las de potencia igual o superior a 100W. Un año después sacaron a sus hermanitas de 75W y así, sucesivamente, hasta erradicar a la menor de la familia bombillo, que no pudo seguir irradiando sus candorosos 25W.

Las led y las lámparas flourescentes compactas les dieron la patadita de la mala suerte y las humillaron con una vida larguísima. Un bombillo de luz halógena tiene la bobadita promedio de 2.000 horas. El ahorrador fluorescente dura entre 3.000 y 12.000 horas, mientras que un LED trabaja alrededor de 25.000 horas, más o menos tres añitos.

Con el bombillo se van recuerdos y asociaciones de profundo calado en la mente de varias generaciones. Las ideas se siguen representando en globos con la imagen del bombillo y muchos todavía dicen, cuando los asalta la lucidez, que se les encendió o prendió el bombillo. Es más bonito, sin duda, que manifestar cómo se les iluminó el LED. Quedar como un bombillo, era sinónimo de desvelo, y en este breve espacio solo me resta decir que uno no concibe al jugador de fútbol ‘Bombillo’ Castro como ‘el fluorescente’.

El adiós al bombillo, como cambio cultural, será lento, sobre todo lejos de las grandes ciudades. La preferencia por el bajo gasto energético, la alta luminosidad y la poca emisión de calor no tiene vuelta de hoja. El incandescente está fundido.

Carlos Gustavo Álvarez G.

Periodista

cgalvarezg@gmail.com

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