Carlos Gustavo Álvarez

La sociedad de masas

Carlos Gustavo Álvarez
Opinión
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
febrero 18 de 2016
2014-03-14 03:42 a.m.
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La lista de hitos positivos de Bogotá bien podría encabezarse con el establecimiento del sistema masivo de transporte. El Transmilenio que el alcalde Enrique Peñalosa pedaleó hasta en detalles como el nombre y el esbozo del logo, con sus nunca publicitadas habilidades de dibujante, era una apuesta total. Abarcaba más allá del tránsito de unos buses rojos y enormes por troncales con estaciones y acceso mediante tarjetas, el ordenamiento de la ciudad y el acto de asumir una sociedad de masas.

Porque no otra cosa es la ciudad contemporánea: vórtice de grandes concentraciones humanas. Todo debe considerarse en términos cuantiosos: los servicios públicos, la telefonía celular, el tránsito, las corrientes de peatones, los desplazamientos, la salud, la educación, la provisión de los alimentos, la administración de justicia, el sistema financiero, la equidad social… todo. La medida del desafío está cifrada, según el Banco Mundial, en un crecimiento que en los países en desarrollo equivale a la migración mensual de más de 5 millones de personas a las áreas urbanas.

El éxito de las ciudades radica en la solidez de sus sistemas masivos. Acompañada, claro, de visión, planificación, decisión y autoridad, y de una inversión ingente e inteligente, fiscalizada por la comunidad y la opinión pública, para que no la confisquen los ladrones. Y de la conciencia ciudadana y los compromisos personal y colectivo.

Resulta de Perogrullo señalar que la falla de un sistema masivo produce un colapso monumental, que se atraviesa en la vida de millones de personas y puede conducir a un levantamiento social. Eso es lo que está representando el síncope diario de Transmilenio en la eclosión de la ira colectiva, que parece concitar otras silenciosas corrientes de resentimiento. Con el peligroso aliciente de masas concentradas en estaciones y terminales, de torrentes humanos que corren difícilmente contenidos a través de precarios puentes peatonales.

La aún manejable sociedad de masas colombiana está haciendo crisis, como metástasis de una incapacidad nacional: la imposibilidad de prever, de planear, de planificar con carácter, de mirar al futuro con información, grandeza y sentido común, y de sobreponer el interés público a la codicia particular.

Dos muestras colosales de esa insuficiencia de visión son el aeropuerto El Dorado y la jocosamente llamada ‘Autopista’ Norte. Además, resulta patético que el antecedente más inmediato en magnitud de la Cuarta Generación de Concesiones Viales que adelanta el actual Gobierno, es las carreteras construidas por Gustavo Rojas Pinilla, también gestor del aeropuerto y la ‘autopista’ mencionados. ¡Hace 60 años!

Tres administraciones ineptas que ha tenido la capital han retrasado una respuesta idónea al crecimiento desmedido. Bogotá necesita urgentemente un gerente calificado que le devuelva el rumbo, luego de esta larga noche de equivocaciones y desgobierno. Demanda conocimiento, autoridad y menos verborrea, para volver a conciliar las aguas de este mar que puede volverse rojo, luego de que las separara crapuloso este falso Moisés. Y el país necesita entender que la sociedad de masas sin planificación y con un funcionamiento defectuoso es esa bomba de tiempo que nos puede estallar en cualquier momento.

Carlos G. Álvarez G.

Periodista

cgalvarezg@gmail.com

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