Carlos Gustavo Álvarez

De famas e infamias

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
diciembre 02 de 2011
2011-12-02 01:32 a.m.
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Colombia termina el 2011 encaramada en una nube, mirando de reojo a otras naciones que están pasando agua y ad portas de un naufragio colosal.

Tiene positivos indicadores económicos, que buscan menguar su vergonzoso coeficiente de desigualdad; hay un ambiente de confianza y un espíritu de país-más-feliz-del-mundo que se manifiesta en Navidad con el gasto de varios billones de pesos; y tenemos un Presidente de la República cuyo desempeño nos satisface en las encuestas, sobre todo porque maneja bien su imagen y proyecta un país conciliador y pujante, aún frente a vecinos quisquillosos y caspas.

Las previsiones de crecimiento han comenzado a moderarse, pero no se hace pública una declaración de colapso.

Tal vez por un principio volador: somos la cola de la cometa.

Van a caer la estructura y el amarre en un golpe funesto, pero nosotros aspiramos a posarnos en piso con la delicadeza de un ave diestra. Es decir que mientras Europa y Estados Unidos están incubando un sismo inminente y grave, Colombia se erige en tierra de promisión, como parecen confirmarlo la inversión extranjera y el crecimiento de algunos sectores donde los foráneos están poniendo la plata.

Claro que no se puede confiar mucho en esas golondrinas, porque una sola no hace verano y suelen migrar al primer estruendo.

La crisis mencionada puede devolver la diáspora con más problemas que soluciones.

Ya se ha hecho el anuncio en España de controlar la entrada y el movimiento de los extranjeros, lo que puede afectar no sólo a los buscadores de fortuna y mejor patria, sino a los remisores de ahorros y sudor monetizado, que en muchos casos han maleducado a sus beneficiados.

A los que vuelvan habrá que colocarlos a trabajar en lo posible lejos del maremoto del subempleo, ojalá alineados en la orgullosa y creciente cifra de un solo dígito.

Hay mucha gente que no cree tanta belleza, pintada por optimistas desviados: es decir, un grupo de pesimistas mal enterados. Piden mirar en las calles y en los pueblos de Colombia, hacer una inmersión de verdad informativa más allá de “Yo me llamo”, más detectora de tendencias de frustración y desasosiego, como las que pueden animar a los estudiantes en su protesta exitosa.

El comienzo del 2012 nos coge sin poder ocultar tampoco el desastre en el remedio del invierno y la apoteosis de la corrupción, que nos tiene resbalando en el ranking de Transparencia Internacional y nos pesca cada año mal acompañados.

En este panorama, Bogotá se ha sacudido con Clara y no tiene otra alternativa que mirar con esperanza a Petro, inteligente y capaz, que ojalá no utilice la capital como trampolín presidencial ni la catapulte a la ruina.

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