Carlos Gustavo Álvarez

La horrible noche

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
octubre 23 de 2015
2015-10-23 02:42 a.m.
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El boletín que emitió la Registraduría, pasadas las 5 y 30 de la tarde del domingo 25 de octubre, ya dejaba ver que la próxima alcaldesa de Bogotá sería Clara López. Dos horas después, el resultado estaba totalmente claro, y ella lo confirmó apareciendo en el balcón del Palacio Liévano acompañada de su sponsor, Gustavo @PetroPresidente, al que sucedería, y con quien, a decir verdad, hace rato había comenzado el empalme. Eufórica y con chaqueta amarilla, escuchó al alcalde que celebraba el triunfo contra los enemigos y los medios de comunicación, y festejaba la continuación de una hegemonía que de doce años pasaba ahora a 16.

Las sedes políticas de los tres P derrotados –Pacho, Pardo y Peñalosa– eran un hervidero de pesares y letanías. Repasos a las estrategias de campañas buscaban las fallas que habían precipitado la derrota. Y las encontraban. Estaba clara la atomización que impidió enfrentar un solo candidato al poder bolivariano dominante. No hay división que multiplique. Las votaciones se habían repartido, y por la mitad, como quien no quiere la cosa, pero la cosa quiere, se había metido Clara. Margen mínimo de victoria, misma situación de Petro.

La posición de Clara López en las encuestas era un llamado de alerta. No porque aumentara o disminuyera en las intenciones de voto, sino porque se mantenía de segunda o tercera, y esa era solo la cabeza del iceberg. El fundamento profundo de su victoria estaba cifrado en el abierto respaldo de una maquinaria estructurada desde la Alcaldía. Los funcionarios proselitistas con el voto a cambio del puesto, los contratistas por la continuación y el pago de favores, y una población subsidiada y atemorizada por el dicterio explícito que si no ganaba Clara, se acabarían los subsidios para los pobres. Mal contados en un ábaco conservador, esos votos cautivos no bajaban de los dos millones.

Mientras la noche dominical transformaba un atardecer, que pudo ser azul o rojo, en un pastoso amarillo, la situación no era mejor entre los habitantes. Sobre todo entre los que habían preferido no acudir a votar. El precio de su ausencia iba a ser cuatro años más de lo mismo. Muchos no sufragaron porque confiaron en que la supremacía de su candidato en las encuestas le aseguraba el triunfo. Creyeron que no los necesitaban. Que era mejor quedarse en casa viendo algún partido de la liga española. O porque lloviznó. Y si la lluvia conjuró el 9 de abril, dígame... Y bueno, los abstencionistas de siempre. Los remisos de las urnas. Para unos y otros, y los demás, ya de nada valían la queja y el lamento. De hecho, no habían servido en los difíciles y pasados doce años. Con la apatía premiamos a los demoledores de la ciudad, buenos para arengar, pero ineptos para gerenciar.

Por los barrios se extendió un silencio pesaroso. Muchos comenzaron a pensar adónde se irían, no a pasar vacaciones, sino a vivir. Como en una imagen bíblica, sobre los habitantes se cernió una moral de éxodo. Aunque lo peor es que todo podía ser peor.

Me revolqué en la cama, sudoroso y angustiado. Y me desperté. ¡Qué pesadilla!

Carlos Gustavo Álvarez G.

Periodista

cgalvarezg@gmail.com

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