Carlos Gustavo Álvarez

Juventud y frustración

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
abril 19 de 2013
2013-04-19 04:40 a.m.
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Miles de jóvenes colombianos acaban de afrontar un hecho trascendental para sus vidas. Mi hija hace parte de ese grupo de inminentes bachilleres. La acompañé a presentar el examen para ingresar a la Universidad Nacional de Colombia y a realizar las pruebas Saber, que antes denominábamos “ilicfes”.

Hice con ella la cola que asfixiaba el colegio Tomás Carrasquilla, mientras los vendedores ofrecían “chocolatina para la cabeza”. El domingo pasado en Zipaquirá, con un contingente nacional de 500.000 jóvenes, fue a encontrar el sentido de sus más recientes once años.

Estaba tensa y angustiada. Disimulaba el nerviosismo con la sonrisa linda e irrepetible de los 17 años. Sabe que entrar a la universidad es un privilegio. No dimensiona que ha comenzado a descender por el embudo cruel de la educación superior.

Para el primer semestre de 2013 se presentaron a la Nacional 68.816 estudiantes. Para el segundo, 41.168. Mi hija hizo parte del bloque grueso de Bogotá, que se cifra en el desproporcionado número de 28.226. El 70 por ciento de la demanda. La segunda ciudad es de muy lejos Medellín, con 4.556 postulantes. No puede haber radiografía más dramática del centralismo.

Lo cupos que ofrece “la Nacho” no pueden atender sino el 15 por ciento de esa población. Resulta amargo concebir que 35.000 jóvenes no podrán entrar a la universidad del Estado. Muchos, la mayoría, no tienen otra opción. Las IES privadas son carísimas, y ni siquiera ese nivel de faquirismo y endeudamiento perpetuo al que están sometidos miles de madres y padres de familia permitiría alcanzar el valor de semestres que sobrepasan las nubes.

Colombia tiene 11 millones de jóvenes. El 21 por ciento son pobres. Sólo el 33 por ciento que finaliza la secundaria puede continuar algún tipo de educación superior.

Los pobres no siguen estudiando luego de un bachillerato azaroso,  por falta de dinero y elevados costos. Necesitan trabajar, atender rigores de una maternidad prematura. Otros desertan por una razón que flota en sus convicciones: que el estudio no saca de pobre tan rápido como un cuchillo o la venta del cuerpo. El 29 por ciento de los jóvenes caen en la inactividad. La mayoría son mujeres.

El embudo sigue cerrándose. Uno de cada dos ingresados se queda en el camino. Al boquete llegan los graduados. El filtro escancia a los que consiguen un empleo formal, que justifique tanto esfuerzo personal y familiar. La frustración de la juventud tiene un costo enorme. Una generación nace para vivir peor que sus padres. La frustración. El Dane no la mide. Y es una realidad que, sinceramente, no sé cómo explicarle a mi hija sin hacerle daño a su linda sonrisa.

Carlos Gustavo Álvarez G.

cgalvarezg@gmail.com

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