La renuncia de Angelino | Opinión | Portafolio
Carlos Gustavo Álvarez

La renuncia de Angelino

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
octubre 25 de 2012
2012-10-25 11:20 p.m.
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El próximo lunes cumple 66 años el señor vicepresidente de la República, Angelino Garzón Quintero, a quien todos llamamos confianzuda o cariñosamente ‘Angelino’.

El aniversario le sorprende en una delicada condición de salud, que por una infausta coincidencia comparte con su señora esposa, Monserrat Muñoz.

Él, su situación y su cargo están en el centro de una discusión política, que tal como van las cosas definirá El Milagroso de Buga, su tierra natal.

Lo que le ha pasado desde que se le rebeló el corazón ha dejado muchas lecciones a este país recorrido por una moral acomodaticia y un variopinto sentir patriótico.

Han salido a flote debilidades institucionales y descaradas ambiciones de poder.

La confusión está pasando de castaño a oscuro.

En la base de todo está la enfermedad.

Es decir, la interrupción de esa condición de bienestar que representa la salud, una petición que siempre sale con el dinero y el amor en la enumeración musical de las tres cosas que hay que tener para darle gracias a Dios.

Para muchos, la importante es la salud, así no se tenga un peso con el que muchas veces, y bajo heterogéneos disfraces, se compran la atención y la compañía.

Entre lo mucho que hemos descubierto en este cuidado intensivo, es que la enfermedad configura un suceso especial para quienes tienen a cargo funciones de Estado y responsabilidades públicas.

Con la irrupción de diversas anomalías de salud en diferentes funcionarios, incluido el Presidente de la República, ha quedado establecido que no estamos constitucional y políticamente preparados para eso. Sobre todo, para resolver el manejo de la administración pública sin moler la dignidad del enfermo.

El señor Vicepresidente ha seguido trabajando, mientras acude a las sesiones de radioterapia que le han formulado para la más reciente novedad de la próstata y se recupera, simultáneamente, del evento anterior.

No hay duda de que se trata de un gesto férreo de su carácter, pero no se puede despachar con un protocolario discurso de heroísmo. Su porfía instruye en el bueno y en el mal sentido, como él mismo lo reconoce, al preguntarse si no debería estar cuidando tanto su salud como la de su señora esposa.

A una persona que desde hace mucho tiempo es una triunfadora, la vida le puede ofrecer más y mejores oportunidades si tiene salud y la conciencia tranquila de haber priorizado el ser familiar sobre el hacer político.

Deja otra lección esta enfermedad: hay que aprender a respetar a los enfermos. No se puede manosear a quienes han abandonado las alegrías de la inmunidad corporal.

Resuelva el dilema, señor Vicepresidente: dedíquese a recuperar su salud y la de su esposa. ¡Feliz cumpleaños!

Carlos Gustavo Álvarez G.

cgalvarezg@gmail.com

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