Carlos Gustavo Álvarez

Vestidos de muerte

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
mayo 10 de 2013
2013-05-10 12:10 a.m.
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Las grandes civilizaciones y las obras fastuosas que las identifican fueron posibles por un factor inequívoco: la esclavitud. Egipto, Grecia y Roma, y esta América precolombina y la posterior al asalto de ultramar, sobreaguaron gracias a la vida de hombres y mujeres esclavos.

Nacían y morían en esa condición. Y por todo su esfuerzo material, que levantó pirámides y acrópolis, no recibieron nada.

La esclavitud mutó en servidumbre. Y vive disfrazada en el siglo XXI. A millones de personas comenzaron a pagarles por su labor.

Pero a muchas más, pobres y necesitadas, con una remuneración escasa y en condiciones laborales sanguinarias. Las consecuencias del ‘trabajo esclavo’ acaban de aflorar en Bangladesh, con la tragedia de una maquila de ropa de marca, que ha aplastado hasta ahora 700 vidas.

La humanidad ha recorrido un camino de infamia que ha generado reacciones de los consumidores y compromisos de las empresas.

Para que lo que compran y les venden no se vea asociado ni a la abrasión de humanos vulnerables ni a la cruenta extinción del Reino Animalia.

Por ese escrutinio ético han pasado los diamantes y el marfil. También las pieles de animalitos sacrificados por la dictadura del glamur. Estolas y cinturones, carteras y zapatos obtenidos de especies que manos criminales raptan de pantanos y estepas de vida. Y convierten en cadáveres de lujo y alarde.

Para un número creciente de corporaciones y personas, la visión de la rentabilidad que acaba el planeta y envilece al ser humano no va más. Ignacio Hojas Álvarez, presidente de Unilever para la Región Andina y Centroamérica, aseguró –durante la reciente presentación del segundo reporte del valioso Plan de Vida Sostenible de la multinacional angloholandesa– que “las empresas no podemos seguir creciendo a cualquier costo.

Tendremos que encontrar nuevos modelos de negocio que nos permitan lograr un equilibrio ambiental, económico y social”.

Ese paradigma, que es en realidad un compromiso de porvenir, ha encontrado marco en el ejercicio de la responsabilidad social corporativa.

En ella, aunque no se ensombrece el superávit, se iluminan las relaciones con la comunidad, el medio ambiente y las condiciones del trabajo a lo largo de la cadena productiva. Y, por supuesto, la integridad del resultado.

“Buscamos contribuir a difundir la importancia de elegir de manera informada”, precisa la página que Coca-Cola publicó esta semana profusamente en la prensa, como parte de su campaña mundial contra el flagelo del sobrepeso y el sedentarismo. Destaca el aviso de la bebida de los 127 años, la obligación de informar e informarnos sobre los productos. Para que el consumo no lleve marcado el sacrificio de la salud. De la vida humana, ni propia ni ajena.

Carlos Gustavo Álvarez G.

Periodista

cgalvarezg@gmail.com

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