Cecilia López Montaño
análisis

En América Latina, a la derecha
y a la izquierda los une el fracaso

Se acabó la fiesta y la región volvió a quedar como lo que somos: democracias imperfectas, que se suma al clientelismo.

Cecilia López Montaño
Opinión
POR:
Cecilia López Montaño
marzo 01 de 2016
2016-03-01 09:57 p.m.
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No obstante todas las ilusiones de que América Latina por fin había encontrado la ruta para convertirse en un milagro económico, la realidad actual confirma que esas expectativas que se generaron se han desinflado de manera preocupante. El periodo de alto crecimiento entre los años 50 –para algunos países– y los 70, no se ha vuelto a repetir ni en los tiempos en que el Consenso de Washington, asociado a la derecha, se aplicó con juicio en nuestra región, y menos ahora cuando varios países se apartaron de esa receta y optaron por mandatos asociados a la izquierda. Por consiguiente, tanto la derecha latinoamericana como su izquierda, han quedado unidas por una realidad: su fracaso.

Esta no es una buena noticia si se analizan sus consecuencias, que siempre caen en la gente, en mayor proporción, en aquella que no tiene forma de defenderse, o que no participa de las decisiones de los altos poderes. Algo que con frecuencia no se piensa es que cuando falla un gobierno o un Estado en general, esas generaciones que dejaron de comer, no recibieron la educación adecuada, no fueron atendidas cuando se enfermaron, vivieron en tugurios, sin agua potable, sin saneamiento básico, son individuos, hombres, mujeres y, sobre todo, niños, que se perdieron como generación.

Cuando se reparen los errores de estos gobiernos ideologizados para cualquier lado, si es que lo hacen, favorecerán a otros hombres, mujeres y niños, es decir, a una generación distinta a la que perdió la oportunidad de ser ciudadanos de verdad.

Sí, los modelos económicos se agotan, por eso es un error creer que quienes critican lo que se está haciendo en términos de políticas públicas lo único que desean es volver al pasado. El costo de esta idea absurda, que predomina en estos ideólogos de derecha o izquierda, al rechazar todo lo anterior a ellos, es que se pierde lo valioso de estas experiencias: lecciones buenas y malas para mejorarlas en el presente, o, sencillamente, no repetirlas. Pero, como unos y otros se sienten iluminados, hay muy poco que hacer.

La industrialización y la sustitución de importaciones se enfrentaron a agotamientos de sus propuestas y terminaron en la pérdida de la década de los 80, en la que Colombia fue una de las pocas excepciones. Nunca nos endeudamos como muchos otros, no tuvimos en esos momentos populismo como otros, ni hiperinflaciones. Pero en esas décadas anteriores, sí hubo momentos de crecimiento sostenido, por lo menos más que a partir de los años 90.

Bajamos la pobreza, pero las brechas sociales y económicas se mantienen en las ciudades, en las regiones, entre las personas, cuando no crecen como está pasando con los más ricos de Colombia, cuando se comparan sus ingresos con los de los más pobres.

Exportar o morir se volvió una obsesión y se olvidó que toda bonanza, sobre todo, de commodities, tiene su fin, y que construir una base productiva rural e industrial y en servicios modernos, es la única forma de manejar los ciclos económicos que no se han acabado. La demanda interna y su importancia era un sacrilegio para los economistas ortodoxos, que, solo cuando China empezó seriamente a recuperarla, para amortiguar los vaivenes mundiales, empezaron a pensar que era importante. Los salarios como costo y no como demanda potencial han marcado el norte por muchos años en América Latina. Esto por cuenta de la derecha.

Y llega la izquierda a la región, con sus distintas expresiones. Lo primero fue volverse a la gente, olvidada en mayor o menor grado. Pero, ¿cómo lo hicieron? Con populismo macroeconómico, olvidándose que eso tan poco es sostenible. De la sobrevaloración que la derecha hizo, o sigue haciendo, de la economía, se llegó a la subestimación de estas políticas por parte de estos gobiernos de izquierda. Sin duda, tanto a los gobiernos de derecha como de izquierda los ayudó muchísimo la bonanza de sus productos primarios.

Todos se gastaron la plata: unos con más subsidios a los pobres, los de izquierda, y con más ayudas a los ricos, los de derecha.

Pero se acabó la fiesta y América Latina volvió a quedar como aquel emperador sin ropa.

Es decir, en lo que somos de verdad: democracias imperfectas con un menú diverso de populismo que se suma al clientelismo y a la corrupción de la sociedad. Somos unos países que, si no hacemos algo serio y pronto, nos acercamos al mundo industrializado es más porque este se hunde que por nuestro desarrollo. Pero hay algo más: no más injerencia de los grandes intereses privados en el manejo de las decisiones del Estado y un revolcón de verdad en esa oscura forma de ejercer la política.

Conclusión: aun para aquellos que afirman que se acabaron las ideologías, la verdad es que la derecha y la izquierda no lograron el crecimiento sostenido y equitativo de la región. No es para sentarse a llorar, sino para aceptar, especialmente en Colombia, que tiene la oportunidad de empezar a quebrar su historia violenta, que la verdad está en un punto medio. Más Estado no en tamaño, sino en eficiencia y en presencia local; más sector privado, siempre y cuando entienda que sus responsabilidad no es solo volverse rico a costa de la gente. Pero, especialmente, que los recursos públicos que puede manejar no son para hacer ferias y fiestas, como hasta ahora.

Cecilia López Montaño
Exministra - Exsenadora

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