Cecilia López Montaño
análisis

Los viejos y la brecha entre ricos y pobres: ¿son el problema?

Las declaraciones del FMI sobre la vejez como riesgo financiero son un campanazo de cómo se puede abordar una de las realidades de hoy y del futuro.

Cecilia López Montaño
Opinión
POR:
Cecilia López Montaño
junio 20 de 2016
2016-06-20 07:00 p.m.
http://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/02/22/56cb6812ee3de.png

Dos temas alcanzan una gran prioridad en el discurso actual del desarrollo en el mundo: el acelerado envejecimiento de la población y la injustificable y creciente distancia entre ricos y pobres no solo en países en desarrollo, sino en los industrializados. Como lo señala Saúl Franco en su columna, ‘La vejez como riesgo, logro y regalo de la vida”, las extrañas declaraciones de la Gerente del FMI señalando la vejez como un riesgo financiero para las economías en desarrollo, son un campanazo sobre la forma como se puede tomar y abordar una de las claras realidades de hoy, y del futuro. El mensaje perverso sería: ‘los viejos son un nuevo problema’.

Algo similar puede estar pasando con el hecho de la aceptación creciente sobre la necesidad de reducir las crecientes e inmensas brechas entre los muy ricos y los más pobres, en términos de ingresos, tipo de vida y oportunidades. Cada vez es más evidente que no basta con disminuir pobreza. Pero el peligro que se vislumbra son las amenazas sobre las consecuencias funestas que tendría para la inversión un mayor pago de impuestos por parte de los dueños de grandes empresas. Es decir, la reducción de la desigualdad, que crece en el mundo, se pude llegar a definir como otro nuevo problema del desarrollo actual.

Lo más sensato y, más que esto, lo más conveniente, sería mirar estas realidades de manera distinta. Empecemos por el envejecimiento. Cuando el mundo estaba lleno de niños y de pocos viejos, la economía, la política pública y el sector privado lo entendieron y se acomodaron a esa realidad. Por un lado, se trató de orientar el gasto público hacia estas crecientes cohortes de población menor –en algunos países como el nuestro sin mucho éxito–. Estas inversiones se justificaban para muchos por la esperanza de que estos niños crecerían y se volverían productivos.

Claro que en su momento, cuando los Estados pobres o en desarrollo tenían altísimas tasas de crecimiento de su población, bajas en mortalidad y alza en número de hijos por mujer-fecundidad, también se identificó la explosión demográfica como un serio problema y se empezó a trabajar en la planificación familiar. Esta tarea que, nadie le reconoce a las mujeres del mundo en desarrollo, se logró a pesar de los hombres y de la religión, y se enfrentó con éxito la transición demográfica. Cabe recordar que en cada etapa surgieron nuevas áreas de negocios y cambios en políticas públicas, algunas implícitas como la política de población de Colombia, y otras más claras, pero ambas exitosas.

Ante esa historia de acomodo de Estados y mercados cuando estábamos llenos de niños, resulta absolutamente injusto que ahora que la dependencia se invierte y toca incorporar a una población cada vez más vieja, esta situación la vean los organismos internacionales, como el problema. Primero, es una realidad ineludible, la población del mundo se está envejeciendo, y en nuestros países, aceleradamente. Segundo, el error que se comete es que esta realidad se vea solamente como un problema de asistencia social, y, por consiguiente, como una carga para los Estados, las familias y sobre todo, para las cuidadoras, mujeres en su mayoría. Pero se trata de un tema estructural que atañe a toda la economía. Cambios necesarios en la fuerza de trabajo, en la demanda y en la oferta de bienes y servicios; y como el mercado no es ignorante, también, nuevos productos y servicios para atender estos crecientes sectores de población. ¿Se justifica que una persona desde los 60 hasta los 90 años, como va a suceder, durante 30 años sea una carga, cuando tiene mucho que aportar? ¿Y qué hacemos con los jóvenes en este caso? La otra gran pregunta por resolver.

Esta discusión no se ha iniciado, y tampoco la forma como el mundo va a empezar la reducción de desigualdades. Este tema lo que puede mostrar es el fracaso de los sistemas económicos actuales, en los cuales ya hay individuos que acumulan más riqueza que algunos países pobres. Luego, abordar este compromiso debe partir de que no se trata de más de lo mismo, en cuanto a políticas públicas se refiere. No es un asunto de subsidios, ni de caridad. Es un compromiso, aún no adquirido que, si se adopta, implica replantear la forma como se ha realizado el desarrollo actualmente.

Ni el capitalismo, desde el salvaje hasta aquel con contenido social, ni el comunismo, ni el socialismo han resuelto este tema. Que quede claro, no se trata de igualar por lo bajo, que sería lo más fácil, sino de garantizar los derechos de todos y cada uno de los ciudadanos del mundo. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que se reconocen como la agenda global 2030, se centran en el eliminar pobreza y Hambre Cero.

¿Se escuchó algo sobre estos temas en el sonado Foro Económico Mundial de América Latina? Fuera de la Cepal, nada de nada.

Cecilia López Montaño
Exministra - Exsenadora

Nuestros columnistas

día a día
lunes
martes
miércoles
jueves
viernes
sábado