Cecilia López Montaño
Análisis

Candidatos presidenciales: el gran reto que ignoran

¿Cuál es la alternativa para que los vulnerables no vuelvan a caer en la pobreza, con tasas de crecimiento de la economía muy inferiores al histórico del 4 por ciento anual?

Cecilia López Montaño
POR:
Cecilia López Montaño
abril 03 de 2018
2018-04-03 08:44 p.m.
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De nuevo, la gran ausente del debate presidencial es la situación de la población que está aún muy lejos de los niveles de bienestar que disfrutan los pequeños sectores que manejan todas las decisiones del país. Si acaso, sus referencias son solo las consabidas frases de cajón que demuestran el escaso conocimiento que tienen sobre la realidad social colombiana, y más que eso, lo poco que les importa.

Si algo ha pasado en lo que va de este siglo, es que se han logrado cambios significativos en la realidad de muchas personas que ahora pueden estar en peligro de enfrentar una seria reversa. Colombia no ha sido ajena a este fenómeno, aunque sus indicadores sobre la calidad de vida de amplios sectores siguen estando por debajo de los promedios de países similares en América Latina. Para empezar por lo positivo, la pobreza ha descendido significativamente: con cifras del Banco Mundial, la pobreza por ingresos se redujo en Colombia del 50 por ciento en el 2002 al 28 por ciento en el 2016. Se amplió significativamente la cobertura en educación y la salud es universal, sin entrar en el grave problema de la calidad. De acuerdo al balance del DNP, la proporción de la clase media, 30,6 por ciento superó el nivel de pobreza.

Sin embargo, tanto en América Latina como específicamente en Colombia, ha surgido la categoría más importante que se denomina población vulnerable, definida como aquella que superó la barrera de la pobreza por ingresos, pero fácilmente puede volver a caer en esta precaria situación por la desaceleración de la economía o por circunstancias personales. Esta proporción, según DNP, que no llega aún convertirse en clase media, es del 39 por ciento de la población; es decir, hoy somos un país de vulnerables, como sucede en la mayoría de Latinoamérica.

A esta realidad se suma que estamos muy lejos del nivel deseable de pobreza como Chile, 11 por ciento, con una inmensa deuda social con la población rural, 40 por ciento de pobreza, y con la segunda mayor desigualdad de la región, la que sigue siendo la más inequitativa del mundo. Nuestro Gini por ingresos solo lo supera Honduras, y estamos lejos de la ya mala distribución del resto de países similares al nuestro. Y a esta embarazosa concentración de ingresos, que debería avergonzarnos, se suma la concentración de la tierra, superior al 85 por ciento, y los graves problemas no resueltos de calidad en educación y salud, así como las desigualdades regionales, de género, de etnia, entre muchos otros.

El mayor reto que preocupa a muchos analistas latinoamericanos y que no le produce el menor desvelo a la dirigencia colombiana, empezando por sus candidatos presidenciales, es que estamos ante la seria posibilidad de perder todo lo ganado. Es decir, no solo estamos muy lejos de indicadores que nos permitirían clasificarnos como una sociedad justa, sino que ya hay indicios de que se paró esta tendencia de progreso social en el 2017.

¿La razón? Estos avances se dieron en medio de una economía creciendo a tasas superiores al 4 por ciento o más por año. Pero resulta que ahora es absolutamente claro que América Latina está en la fase de crecimiento lento o muy lento, y este es un factor determinante en las variables que permitieron los avances en pobreza y clase media.

Aunque Colombia no ha estudiado con suficiente rigurosidad las causas de estas reducciones, el Banco Mundial identifica que fue el crecimiento de los ingresos de los sectores en la base de la pirámide, uno de los factores positivos más importantes. Es decir, se ha reducido el bono de la educación por avances significativos en este sector de la región. No faltará quien afirme que en Colombia este menor nivel de pobreza obedece a las transferencias condicionadas. La mala noticia para sus defensores, es que según el último informe del Latinbarómetro, Colombia y Venezuela comparten la tercera mayor proporción de población que recibe ayuda directa del Estado, un vergonzoso 23 por ciento, cuando el promedio en la región es de 16 por ciento.

Dos reflexiones: es demasiado parecido el nivel de pobreza por ingresos (28 por ciento) a la cifra de ayuda directa del Estado, 23 por ciento. ¿Tenemos a un sector de pobres a quienes hemos vuelto pobres de profesión en vez de construirles capacidad productiva? Y lo más preocupante: ¿cómo se evitará que ese 39 por ciento de vulnerables caigan nuevamente en la pobreza?, ¿lo vamos a resolver con Familias en Acción, Jóvenes en Acción, ‘¿Viejitos en Acción?’ Esto significaría que la población objetivo de estas transferencias condicionadas llegaría a ser un poco más de los 2/3 de los colombianos. ¿Cuál es, entonces, la alternativa para que los vulnerables no vuelvan a caer en la pobreza, con tasas de crecimiento de la economía muy inferiores al histórico del 4 por ciento anual? Mientras tanto, los candidatos presidenciales, ‘mutis por el foro’.

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