Cecilia López Montaño
Análisis

Empresarios sensibles al conflicto

El mundo lleno de peligros, sostiene Stiglitz, y los dueños del poder siguen ignorando la profunda desigualdad, aun en sociedades que fueron modelos de equidad.

Cecilia López Montaño
POR:
Cecilia López Montaño
febrero 11 de 2018
2018-02-11 08:00 p.m.
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Del foro de Davos, Joseph Stiglitz salió desilusionado por “la falsedad de muchas de las palabras de los grandes empresarios del mundo desarrollado, que se callan ante Trump porque rebajó sus impuestos sin importar los costos sobre la educación, la ciencia y la tecnología”. Para el premio nobel, se reitera el egoísmo de los ricos que todavía creen en el efecto chorreo, es decir, que si ellos aumentan su riqueza, algo les llegará a los demás.

El mundo lleno de peligros, dice Stiglitz, y estos dueños del poder siguen ignorando la profunda desigualdad, aun en sociedades que fueron modelos de equidad; el cambio climático, que cobra vidas y destruye regiones, y las amenazas, no solo ventajas, de la cuarta revolución industrial. Mientras ganen más dinero y los beneficien las decisiones de sus respectivos gobiernos, lo demás no cuenta. Estas palabras de Stiglitz deben llevar a reflexiones en el empresariado colombiano. Con valiosas excepciones, ¿no suenan similares los argumentos de sectores de la élite empresarial? Por ello, es el momento de entender qué tanto el negativismo de algunos de estos frente al proceso de paz ha afectado el clima para el posconflicto.

Análisis relativamente recientes han encontrado que, en países en condiciones semejantes a las nuestras, el empresariado se ha convertido en actor fundamental. La primera sorpresa es que la contribución de ellos en estas etapas de reordenamiento de la sociedad, puede ser mucho mayor que la de la cooperación internacional, por varias razones. Una de ellas es la poca sostenibilidad de las ayudas externas, que caen ante crisis de sus economías, y la más importante es el papel de la empresa como actor que favorece los elementos de construcción de paz a través de su responsabilidad social empresarial (RSE) en las dimensiones sociales, económicas, ambientales y políticas en los territorios de conflicto y posconflicto (Prandi y Lozano, 2011). ¿No se piensa lo contrario en Colombia?

Pero, para que lo primero sea verdad, se requiere que el empresariado internalice el contexto en el que se desenvuelve. Es decir, que entienda las causas, las consecuencias y los actores del conflicto. Solo así, la orientación o perspectiva de la empresa y su política de Responsabilidad Social puede sentar las bases para la consolidación de la paz o, por el contrario, puede contribuir a reavivar las causas del conflicto (Ibíd).

Es decir, la empresa tiene que demostrar “sensibilidad al conflicto”, o en otras palabras “analizar el contexto de paz y conflicto, comprender y anticipar la interacción entre la propia intervención y el contexto, y evitar los impactos negativos y maximizar los impactos positivos de las acciones emprendidas” (Fewer et al., 2004, citado por Prandi y Lozano, 2011). De la mano de la teoría del Do no harm (Anderson, M. B., 1999, citado por Prandi y Lozano 2011, la empresa debería también ser capaz de fomentar los elementos “conectores”, los que reducen la tensión, y minimizar los elementos “divisores”, los que incrementan potencialmente la violencia en su área de influencia (Prandi y Lozano, 2011.

No es fácil lograr interiorizar el conflicto, porque esto implica empezar por fomentar estudios que incorporen indicadores de construcción de paz y, además, analizar los posibles impactos de la compañía en el periodo de reconstrucción, que les permita identificar riesgos específicos y medidas de control. Debe mirar el largo plazo de manera que sus intereses económicos se vinculen a los condicionantes de paz (Prandi y Lozano, 2011). ¿Se ha dado este ejercicio en las grandes empresas en Colombia?

La RSE también cambia, porque en ese nuevo contexto debe incorporar criterios de lucha contra la pobreza y de reconstrucción física, pero también de contribución a la superación de las fracturas sociales desde una perspectiva de transparencia y equidad. Además, se tienen que comprender mejor los contextos locales. La idea es que con la comunidad se construyan conjuntamente una red de valores e intereses que cree valor e innovación en la organización, pero también en la sociedad. La RSE puede desenvolverse en distintas dimensiones, la social, la económica, la ambiental. Y una dimensión más reciente, la política (Ibíd).

Son nuevos campos para las empresas facilitar formación técnica y en valores (derechos humanos y paz) a colectivos involucrados en el conflicto para promover su empleabilidad y el desarrollo de sus capacidades, tanto técnicas como personales. Se trata de emplear “colectivos involucrados en el conflicto mediante un acompañamiento y una atención personalizada, que contempla una visión integral del empleado, de su familia y de la comunidad en la que se inserta”. (Ibíd).Y, además, se recomienda forjar alianzas con las comunidades locales y sus organizaciones políticas, económicas, y sociales y apoyando su enfoque comunitario.

Los beneficios pueden ser inmensos: reducción de los costos financieros y humanos, asociados al conflicto, y aumento de los beneficios por la resolución del mismo. Disminución de los altos niveles de violencia de la que es objeto la empresa y, también, se genera una motivación moral, perfil y liderazgo de algunos empresarios. Nuevos lazos con el conflicto ayudan a preservar los intereses de las élites económicas en la era posconflicto, aumentan el peso relativo de cuestiones económicas en la resolución del conflicto, y así adquiere mayor peso y credibilidad, el sector empresarial frente los demás actores (Ibíd).

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