Cecilia López Montaño

¿Por qué Piketty y Ha Joon Chang incomodan?

Para debatir sobre el modelo económico, el punto de partida tiene que ser que se acepte que aquellos que no seguimos la ortodoxia no somos comunistas.

Cecilia López Montaño
Opinión
POR:
Cecilia López Montaño
febrero 15 de 2016
2016-02-15 12:35 p.m.
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Para quienes aplaudimos con entusiasmo a Thomás Piketty y a Ha Joon Chang en el Hay Festival, junto a la gran audiencia que asistió a sus charlas, resulta muy interesante leer las reacciones que sus planteamientos han generado entre los economistas colombianos. Que los ortodoxos los critiquen es más que obvio, porque los mensajes de estos conferencistas son muy duros contra lo que han sido las tesis del libre mercado, del pequeño Estado y del apoyo irrestricto al sector privado. Pero lo sorprendente es que aun quienes han liderado en el país teorías similares y que se han visto marginados por la ola neoliberal que todavía persiste en Colombia, también les dan duro.

Para empezar, ninguna investigación es perfecta, y también los premios nobel se ven atacados permanentemente por aquellos que no comparten sus planteamientos o que encuentran fallas en las cifras, en las hipótesis y en la metodología que aplican. De manera que no debe sorprender a nadie que estos autores, que, da la casualidad, son humanos y jóvenes, especialmente Piketty, tengan fallas. Pero lo que sí es innegable es que muestran una vía nueva de análisis diferente de la que ha arrinconado a muchos sectores de profesionales que siguen convencidos de que el crecimiento económico se justifica, en la medida en que favorece la vida de todos los ciudadanos.

Poner la desigualdad aberrante de este crecimiento económico, no como un mal necesario, sino como la gran falla que, entre otras, puede destruir el capitalismo, los ha vuelto internacionalmente famosos. Eso quiere decir que no están diciendo mentiras y que se conectaron con la mayoría de población que está lejos de enriquecerse –como sí lo hacen los 62 capitalistas que tienen la misma riqueza que los 3.500 millones de los más pobres del planeta–. Eso no lo dijeron ellos, lo llevó Oxfam a Davos –el foro de esos ricos–, y hasta ahora nadie lo ha desmentido. Es decir, tocaron el tema que muchos quieren ver en primer plano. Nadie puede negar que si seguimos a este ritmo y no se hace nada, podríamos llegar a la insostenible situación de que la riqueza del mundo se concentre en una o dos personas, y hasta ahí llegó el capitalismo.

Dos razones podrían explicar la reacción de nuestros economistas. Unas diferencias ideológicas con los conferencistas, que así lo nieguen los nuestros, han dominado el debate por varias décadas, siendo probablemente Colombia en donde esta línea de pensamiento continúa en el poder por más de 20 años. Imposible otro modelo que afirme que los mercados son construcciones políticas y que por eso no se les puede dejar totalmente la asignación de recursos y beneficios del desarrollo. Lo expresó Piketty. Tampoco van a aceptar la tesis de Ha Joon Chang, de que todo lo que nos imponen a los países en desarrollo es exactamente lo contrario de lo que hicieron en su momento las economías ricas para llegar a industrializarse. Lo dijo en su libro Pateando la Escalera, hace varios años.

¿Por qué no aprovechan los socialdemócratas para apoyar, no irrestrictamente, un debate que cada día tiene más seguidores?

Probablemente, lo más flojo de Piketty es su propuesta del impuesto global a la riqueza, porque no solo no dice cómo, sino que de entrada se reconocen sus limitaciones para implementarlo. Sin embargo, esto no le quita el mérito de poner a medio mundo a preocuparse por las características nocivas de este capitalismo del siglo XXI, que demuestra con creces, y que requiere de acciones claras.

¿A su vez, alguien, sobre todo en Colombia, puede negar la hipocresía de las élites de nuestros países en desarrollo y la absurda separación que persiste entre nosotros, entre la política y el conocimiento, brecha que frena el desarrollo, como lo dijo Ha Joon Chang? Estas verdades no se desvirtúan cuando se afirma que muchos de los diagnósticos de estos economistas que claman un cambio, olvidaron variables como el bono demográfico, que ayudó a desvalorizar el trabajo, pero que cambiará en el futuro cuando se reduzca el crecimiento de la fuerza de trabajo en las economías emergentes.

Simplemente, para reflexionar, y sin el ánimo de ofender a nadie. ¿No habrá un poco de esas reacciones como ‘eso yo ya lo dije’, o es molestia porque ellos y no nuestros economistas criollos están en primer plano en muchos sectores del mundo? Contrariedad porque en nuestro país esas posiciones que no centran el desarrollo en el bienestar de todos, sino que justifican su concentración en unos pocos, siguen teniendo todo el poder político y estas posiciones pueden abrir debates que incomodan.

Nada peor para esta nueva fase de la historia de Colombia –que muchos esperamos con ansiedad– que cerrar el debate sobre el tipo de desarrollo que predomina a discusiones, probablemente, con argumentos tan imperfectos como los de los ortodoxos, pero que permitirán oxigenar los planteamientos dominantes en el país. Parafraseando, pero al revés, el famoso tango, ¿’no será que 20 años sí es demasiado’?

Para iniciar la apertura del debate sobre el modelo económico, el punto de partida tiene que ser que se acepte, de una vez por todas, que aquellos que no seguimos la ortodoxia no somos ni de las Farc ni, menos, comunistas. Palabras que aterrorizan a nuestro notablato.

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