César González Muñoz

Abrirle espacios a la duda metódica

La percepción sobre el TLC con EE. UU. tiene sabor de ideologías extremas.

César González Muñoz
POR:
César González Muñoz
mayo 18 de 2011
2011-05-18 01:05 a.m.
http://www.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/02/18/56c615d6e1991.png

 

“Usted no es progresista, no es un social demócrata auténtico”: me he dado cuenta de que usted no está en contra de la globalización. Ese fue el comentario que me hizo un asistente a un panel en la Sociedad Económica del Amigos del País hace algunos años.

 

Para no entrar en otra perorata, mi respuesta fue que quizás él se podría beneficiar de algunas lecturas cuidadosas, por ejemplo, de escritos de Amartya Sen o por Dani Rodrik. Me quedé pensando en las graves fallas de ilustración que sufren los ambientes culturales y políticos de este país y del mundo entero.


Los extremos ideológicos sin conocimientos suficientes tienden a dominar en los debates sobre las plataformas políticas y electorales, en la discusión sobre las reivindicaciones sociales en un mundo desigual, y aún en muchas instituciones académicas. No hay espacio para la duda metódica.

 

Los extremos terminan siendo solidarios en la conservación del statu quo; unos, porque imaginan que no hay nada que hacer, que toda reforma es digna de desconfianza y que el mundo es víctima de una conspiración de los ricos, del gran capital, o del capital financiero; los otros, porque imaginan que vivimos en el mejor mundo posible y que sólo es cuestión de tiempo para que la máquina del progreso resuelva las fallas institucionales que no la dejan funcionar a derechas.

 

En asuntos macroeconómicos, despojados del Santo Grial del Consenso de Washington, los neoconservadores se quedan alabando la perfección del instrumento de los mercados como organizadores de la marcha hacia el bienestar global. La simpleza del “dejar hacer, dejar pasar” (dejar pasar los bienes y los capitales, no la gente) es su consuelo, su fuente de autocomplacencia.


Me quedé pensando que mi interlocutor, enemigo de la globalización, tendría que comenzar por negarse a sí mismo como sujeto y forzoso actor de unas relaciones globalizadas. Terrible perspectiva.


La percepción que se tiene de las vueltas y revueltas del TLC con EE. UU. –un tema prisionero de la politiquería en el Capitolio y en la Casa Blanca– tiene mucho de ese sabor de ideologías extremas. Ya está en el escenario “la dignidad nacional” como el principio que hay que defender como argumento para que el Congreso de EE. UU. apruebe, se dice que esta espera es un factor de bloqueo del progreso de Colombia.

 

Se ha afirmado que, una vez firmado el TLC, Colombia será en unos años, uno de los pocos países con acceso privilegiado al mercado de EE. UU. Los medios, y buena parte de las voces oficiales, sólo se refieren a las puras reglas comerciales del Tratado. Algunos exportadores se preocupan porque no tienen TLC ni Atpdea (los gestores de la mayoría de las exportaciones colombianas miran para otro lado: sus negocios no dependen de que haya TLC o no, de que haya o no preferencias).

Casi nadie recuerda que el TLC no es sólo sobre comercio de bienes sino sobre otras reglas relacionadas con la protección de inversiones extranjeras, sobre patentes, sobre servicios transfronterizos.


El grueso de la gente no entenderá por qué, cuando quede en vigencia el TLC, el aparato económico de Colombia no será arrasado por la hojarasca del “libre comercio”; ni entrará en una nueva era de progreso impulsada por la misma maravilla.

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado