César González Muñoz

Egipto, pan y libertad

Las revueltas populares de 1957, 2007 y 2011 están menos vinculadas al sueño de una democracia liber

César González Muñoz
POR:
César González Muñoz
febrero 09 de 2011
2011-02-09 12:31 a.m.
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Egipto depende de alimentos importados, especialmente cereales. ‘El regalo del Nilo’, como lo llamó el historiador Heródoto hace 2.500 años, no puede alimentar con sus recursos naturales a sus 80 millones de habitantes. Los egipcios son, en conjunto, los mayores consumidores per cápita de trigo. Egipto es el más grande importador del cereal (10 millones de toneladas en 2010, unas 10 veces más que el número colombiano). Según el Gobierno, no menos del 40% de los alimentos ha sido de origen extranjero en los últimos años. El país importa el 60% del trigo que consume.
Así, la importación de alimentos ha sido, por décadas, un asunto de seguridad nacional o, si usted prefiere, de orden público. La inflación mundial de precios de los alimentos y la volatilidad de los mercados de bienes primarios le pegan muy duro a la economía egipcia, y a todos los importadores de alimentos. Como bien se sabe, los precios de alimentos iniciaron desde 2003 una veloz marcha ascendente en el comercio internacional; hubo en 2008 un delirium tremens. Se produjo un receso en la tendencia en 2009, pero el año pasado volvió a marcar un fuerte ascenso, del orden del 20%, en el Índice de la FAO de Precios de Alimentos. Sólo en enero del 2011 el índice subió cerca del 4%.
Son, en este sentido, oscuras las perspectivas sociopolíticas, fiscales y financieras para los principales importadores de alimentos. Entre estos están varios países árabes. En ‘El regalo del Nilo’ y varios vecinos, donde la gente pobre tendría que dedicar más del 50% de su ingreso a la alimentación, los subsidios son de la esencia; lo han sido durante décadas. No he logrado encontrar cifras sobre el valor de los subsidios al pan baladi, de consumo popular en Egipto, pero un funcionario público declaró que el precio del pan subsidiado estuvo el año pasado por debajo del 10% del precio equivalente en puerto egipcio del trigo importado.
Hay un problema inmediato: se proyecta que la cosecha mundial del cereal disminuirá en un 4% este año, por cuenta de la mala cosecha rusa, causada por problemas climáticos. Ahora, en un escenario de más largo plazo, en el marco institucional vigente del comercio mundial los precios de alimentos y los del petróleo tienden a comportarse de modo muy similar; unos y otros marchan al ritmo impuesto por ciertos mercados de derivados con origen en materias primas estratégicas. Sin un cambio radical en las regulaciones de los mercados financieros globales, en el futuro próximo será difícil marcar diferencias entre las contorsiones de los precios del petróleo y de los alimentos.
Volvamos a Egipto y a su última rebelión popular. La historia de esta nación ha estado atada a los ciclos anuales del Nilo, al petróleo, a la Palestina histórica, a Suez y Asuán y a la torva ambición de los viejos y nuevos poderes imperiales. Ahora está atada también a la mano providente de EE. UU. y a los intereses de sus cerealistas y de sus comerciantes de armas. Las revueltas populares de 1957, 2007 y 2011 están menos vinculadas al sueño de una democracia liberal o de una república islámica en Egipto que a las angustias de un pueblo sometido a los subsidios y a las tarjetas de ración para quitarse el hambre. La diplomacia gringa siempre ha sabido todo eso. Ha sabido también que el régimen egipcio es diametralmente contrario a los principios de la democracia y la decencia, pero la realpolitik se impone.

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