César González Muñoz

Leyes del plan, reyes de burlas

La medida del éxito inicial del gobierno Santos no está sólo en la encuestas de opinión y percepció

César González Muñoz
POR:
César González Muñoz
noviembre 17 de 2010
2010-11-17 12:44 a.m.
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La medida del éxito inicial del gobierno Santos no está solamente en los números de las encuestas de opinión y percepción; lo más importante es que desde la Casa de Nariño cae una lluvia ética distinta y refrescante. Ha regresado el sentido común.

Se nota mayor respeto por la diversidad y la complejidad de las expectativas de este país. Hay ganas de hacer un gobierno incluyente y moderno. Además, la agenda legislativa contiene muchas de las prioridades correctas. Falta incliur en esta el propósito de darle un vuelco a la estructura tributaria para convertirla en pilar ético y financiero de la justicia social.

Si esa ausencia persistiera, se va a notar pronto, muy pronto. El Gobierno sabe que con el paso del tiempo crecerán los desencantos y las frustraciones. Será entonces cuando la historia comience a reemplazar a los sondeos.

El Presidente ha dicho que el Plan de Desarrollo será la hoja de ruta del Gobierno. Es allí donde ha de verse la lucha entre las expectativas y la dura realidad. Atendiendo a la Constitución y a la sensatez, cuando el sol esté a las espaldas presidenciales, el Plan de Desarrollo deberá ser la principal medida del Buen Gobierno.

Para ello, esta administración tendrá que romper con la triste historia de las consecutivas Leyes del Plan. Estas han sido socialmente inocuas, de trámite sumario en el Congreso, leyes sin músculo político alguno, sin presencia alguna en la conciencia colectiva. Lo que los medios tradicionalmente informan sobre el debate del Plan de Desarrollo es su conversión en un bazar de 'peticiones' e iniciativas mentecatas. Ha sido también una buena oportunidad para que el Gobierno o los congresistas cuelguen allí micos que nada tienen que ver con la planeación.

El debate público del Plan tiene que resultar en metas realistas, en instrumentos bien definidos y bien financiados, en mecanismos de evaluación auténticos y serios, en procesos de valoración y rectificación de objetivos mensurables a medida que avanza la acción estatal.

Tales procesos deben tener sentido político claro: hasta ahora, los sucesivos y evidentes fracasos de los planes de desarrollo no pasan de ser episodios sin contenido político, cuyos actores se mantienen en sus puestos como si nada hubiera ocurrido, cuando se supone que el Plan es, como dice Santos, la hoja de ruta.

En el Plan de Desarrollo 2006 -2010 estaba escrito que al finalizar el cuatrienio el índice de pobreza se debía reducir al 39, 6%, partiendo del 49,2% en el 2006 "con la expectativa de alcanzar niveles (sic.) del 35%". Se hablaba, igualmente, de reducir el porcentaje de población en situación de indigencia del 14,7% al 8%.

Es más, hace dos años el DNP, en su rendición de cuentas, declaró que las metas firmes para el 2010 eran el 35% y el 8%. Estos deberían ser los propósitos fundamentales de la sociedad y del Gobierno de Colombia. Pues ya conocemos los números de hoy: 45% de pobreza y 12% de indigencia. Y Colombia sigue en el podio latinoamericano en desigualdad de ingresos.

Ante semejante fracaso no hubo conmoción política alguna; la ciudadanía sólo oyó voces oficiales que culpaban a la crisis global de la distancia enorme entre la realidad y la letra muerta de la Ley del Plan 2006-2010, como si esta sola coyuntura, por grave y dañina, hubiera sido capaz de explicar lo que ocurre. Y el DNP despachó igualmente el asunto en una discusión bizantina sobre la complejidad de la medición de las condiciones sociales. Por la instauración del buen gobierno en Colombia, hay que corregir estas fallas de la política y de la ética pública.

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