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Colombia y EE. UU., tan lejos y tan cerca
julio 7 de 2011 - 7:51 pm
A pesar de no ser Colombia una economía del primer mundo, será más útil estar del lado de EE.UU.
Reclamos como el hecho por George W. Bush evidencian que numerosos estadounidenses tienen clara la histórica incondicionalidad colombiana con Washington y a su vez que, a juicio de muchos colombianos, le debemos bastante a esa gran potencia por los “favores recibidos”.
Recientemente un ex funcionario estadounidense de visita en Bogotá se lamentaba de la falta de lealtad del Gobierno Obama con su homólogo colombiano, dada la lentitud del proceso de ratificación del Tratado de Libre Comercio en el Congreso de Estados Unidos.
También en su momento el presidente George W. Bush reclamó al Congreso de su país apoyo al TLC con Colombia, argumentando que el Gobierno de Álvaro Uribe había hecho “todo lo que él le había pedido” en favor de los intereses estadounidenses.
Ello inmerso en lo que Arlene Tickner denominó la política de intervención por invitación.
Estos reclamos evidencian que numerosos estadounidenses tienen clara la histórica incondicionalidad colombiana con Washington y a su vez que, a juicio de muchos colombianos, le debemos bastante a esa gran potencia por los “favores recibidos”.
Hagamos memoria. Desde comienzos del siglo pasado, las relaciones económicas entre América Latina y Estados Unidos se intensificaron progresivamente.
Se consolidaba el alejamiento de estas naciones respecto a Inglaterra, el gran poder de Europa antes de la Primera Guerra Mundial.
Estados Unidos, luego de culminar su periodo de expansión territorial en el siglo XIX, se encontraba en una nueva etapa de sus relaciones con el continente, practicando la conocida ‘diplomacia del dólar’.
Los empresarios colombianos consideraron que el precio del desarrollo capitalista era la apertura a inversionistas extranjeros, proceso en el cual EE. UU. comenzó a jugar un importante rol.
En 1923 el país recibió asesoría económica a través de la misión Kemmerer.
El ‘doctor dinero’ llegó a Colombia para orientar al Gobierno sobre la manera más rentable de invertir los veinticinco millones de dólares pagados en compensación por la pérdida de Panamá, pese a lo cual, al finalizar esa década, la deuda externa colombiana era principalmente con los Estados Unidos. Lo paradójico del asunto fue que las reformas sugeridas por Kemmerer condujeron a que EE. UU. se convirtiera en la mayor fuente de capital extranjero para Colombia.
Empresas con capital estadounidense se beneficiaron de la flexibilidad colombiana mientras el conservatismo y los sindicatos de izquierda acusaban al Gobierno de convertirse en ‘colonia yankee’.
Entre las empresas favorecidas con esta apertura se encontró la United Fruit, y petroleras como la Tropical Oil Company. Los empréstitos se ofrecían a cambio de profundas exigencias que, como lo sugiere la historiadora Catherine LeGrand, llevaron a que la United prácticamente se constituyera en un “Estado dentro del Estado” colombiano a causa de la permisividad con esta.
En 1948 Colombia autorizó misiones de entrenamiento del ejército y la aviación estadounidenses en el marco del programa hemisférico de defensa. En febrero de 1949 se firmó en Bogotá el Pacto de Asistencia y Asesoría Militar con Estados Unidos para la provisión de equipo militar al Ejército y la Fuerza Aérea Colombiana.
Según Juan Tokatlián, esta relación se mantendría y profundizaría en los años siguientes, al punto que el réspice polum durante la Guerra Fría significó “una visión ideológica del papel de Colombia en el mundo, un férreo anticomunismo y una identificación sin matices con los Estados Unidos”. Eran tiempos en que el país servía como pieza clave de la Casa Blanca para contener la expansión del “fantasma comunista”.
Eso explicó la participación del Batallón Colombia en la guerra de Corea y el liderazgo del país en la expulsión a Cuba de la OEA en Punta del Este, hecho que celebró nuestra Cancillería como un triunfo de la diplomacia colombiana.
Luego llegaron a Colombia los Cuerpos de Paz, cinco mil jóvenes universitarios que entre 1961 y 1981 apoyaron la estrategia de seguridad interna norteamericana en América Latina bajo los postulados de la Alianza para el Progreso.
Curiosamente hoy, luego de cumplirse 50 años del inicio de los programas desarrollistas en la región, todavía hay quienes añoran el regreso de estos “emisarios de la paz” para el país.
Resumiendo: históricamente nuestros gobernantes han coincidido en que nos aproximemos a Estados Unidos, principal destino exportador y socio de primer orden en la lucha contra el narcotráfico y los grupos ilegales.
Muchos piensan que la ratificación del TLC nos aproximará más a esta potencia y resolverá muchos problemas.
Y es que a pesar de no ser Colombia una economía del primer mundo, será más útil estar del lado de Estados Unidos que lejos de él.
Sin embargo, la condición es incrementar notablemente la inversión en infraestructura, ciencia y tecnología para realmente competir en un escenario en el cual los Estados tienen cada vez menos poder de decisión.
Roberto González Arana
Universidad del Norte, Redintercol
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