David Bardey
Análisis 

Populismo y globalización

Con globalización, si el aparato productivo del país no tiene condiciones para responder a un choque de demanda interna, aumentan las importaciones.

David Bardey
POR:
David Bardey
marzo 21 de 2017
2017-03-21 10:33 a.m.
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Después de resultados electorales, que podríamos calificar de infortunios, como la victoria de Trump en Estados Unidos, el 'Brexit' en Reino Unido y la amenaza de que gane Marine Le Pen en Francia, uno se puede preguntar lo que explica el recrudecimiento del populismo en el mundo. Una de las hipótesis contempladas por Pankaj Mishra, en su libro Age of Anger, es el fenómeno de globalización que hemos vivido durante las últimas décadas.

La globalización y el liberalismo económico tienen muchos defensores entre los economistas, y se les atribuye, entre otros, la reducción la pobreza en el mundo. En su columna publicada en El Tiempo, Guillermo Perry recordaba que si bien la globalización es mundialmente positiva, al mismo tiempo no todos ganan con ella, pues genera ganadores y perdedores, y que lo importante es que haya más de los primeros y menos de los segundos. Seguramente, el problema de la globalización y las dificultades que enfrentan algunas de las democracias mencionadas es que, estamos lejos de que la mayoría gane con la globalización, y si bien sus ganancias existen y pueden ser elevadas, estas no se distribuyen de manera equitativa. Stiglitz recordaba hace poco (en su columna en El Espectador), que en las tres últimas décadas, en EE. UU. los ingresos del 90 por ciento de la parte inferior de la distribución de ingresos se estancaron, mientras que los ingresos del 10 por ciento más rico se duplicaron. En su texto Global Inequality: A New Approach for the Age of Globalization, publicado en el 2016, Branko Milanovic revela que entre los grandes ganadores está el 1 por ciento global, pero también se ha beneficiado la clase media de muchos países en desarrollo.

El mecanismo inherente a la globalización que lleva a este resultado es sencillo de entender. Para los empleos poco calificados, la mayor integración económica que implica el comercio internacional, genera una nivelación hacia abajo de los salarios, lo que obviamente crea tensiones en las relaciones laborales y, a la vez, genera desempleo en los segmentos de la población menos favorecidos en los países desarrollados. Por el contrario, los que participan en los procesos de producción que requieren más capital humano, ganan en este mundo globalizado. Estos dos efectos se acumulan y acentúan los niveles de desigualdad en las economías desarrolladas.

Además de lo anterior, es justo resaltar que algunas políticas progresistas se vuelven más difíciles de implementar en un mundo globalizado. Por ejemplo, estimular la demanda interna de un país dando poder adquisitivo a los ciudadanos, ya no tiene mucho sentido. En efecto, en un mundo globalizado, si el aparato productivo de un país no tiene las condiciones para responder a un choque de demanda interna efectivo, este conlleva a un aumento de las importaciones con pocos resultados positivos en creación de empleos.

Las políticas de estimulación de la oferta implementadas en Alemania durante el mandato de Schröder, al inicio del 2000, y las políticas del gobierno de turno en Francia, constituyen una ilustración de este fenómeno: gobiernos de centroizquierda optaron por políticas de oferta, bajando los impuestos a las empresas para que puedan ser competitivas en este entorno global. En otras palabras, renunciaron a aplicar las políticas keynesianas tradicionales, las cuales fueron por años el marcador de los partidos de izquierda. Esta reorientación forzada de las políticas económicas de los partidos de izquierda en este mundo globalizado, tuvo consecuencias políticas fuertes: muchos seguidores de estos partidos no la entendieron y se dirigieron a movimientos de izquierda radical o de extrema derecha, los cuales comparten soluciones populistas y desconectadas de la realidad económica.

Esta repartición desbalanceada, que favorece principalmente a una élite económica, explica, en parte, cómo los estadounidenses terminaron por escoger a Trump. Muchos electores, en particular los de Estados que han sufrido la competencia internacional por el cierre de centros de producción, se dejaron atraer por las sirenas de un proteccionismo barato. En el mismo orden, en Francia, la variable que mejor explica el voto a favor de la extremaderecha es la distancia a una estación de tren. De nuevo, es fácil entender que son los 'perdedores' de la globalización los que se dejan atraer por políticos con programas populistas.

Si hay algo común entre los populistas del mundo, es que tienden a buscar 'culpables' afuera, y por eso la globalización es objeto de muchos ataques. Sin embargo, como lo explicó Stiglitz, hace más de 15 años, en su libro premonitorio El malestar en la globalización, el problema no es tanto la globalización, sino más bien cómo esta se gestiona. Si queremos frenar y retener estos movimientos populistas, se necesita reformar a profundidad la globalización de la economía para que las reglas entre países sean más justas, y la repartición de las ganancias creadas por el comercio internacional, al interior de los países, sea mucho más balanceada.

Por las innovaciones tecnológicas, nuestras sociedades se transforman, y, en alguna medida, la globalización contribuye a que estos cambios se propaguen más rápidamente en el mundo. El problema es que pueden ser tan rápidos que son percibidos como violentos por algunos segmentos de la sociedad, de tal forma que muchos electores terminan apoyando a candidatos populistas para meter 'un palo en la rueda' y frenar la velocidad con la cual operan estos cambios. De nuevo, si queremos vivir en un mundo globalizado y disfrutar de la globalización, no hay otra alternativa que equilibrar sus ganancias entre países y al interior de los mismos.

David Bardey
Profesor asociado, Facultad de Economía de la Universidad de los Andes.

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