Ricardo Ávila

El ahogado río arriba

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
agosto 04 de 2015
2015-08-04 01:51 a.m.
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La tecnología ha demostrado que no teme enfrentarse a ningún negocio establecido, por cómodo y poderoso que este se sienta. Ya hizo añicos a la otrora intocable industria musical; reconfiguró el consumo de cine y noticias; hizo efímera la capacidad de generar ingresos de los mensajes de texto (SMS), y pronto impactará con mayor fuerza a las llamadas de voz, la televisión y la radio, por mencionar algunos ramos.

Si bien en esos escenarios parecería natural que algo así suceda, otros sectores menos ‘digitales’ no se han salvado. Y Uber, la empresa recién tasada en 51.000 millones de dólares, es el estandarte de esa segunda ola de la revolución digital. Se trata de firmas que irrumpen con una fórmula basada en la intermediación entre oferta y demanda, saltándose las estructuras regulatorias, logísticas y normativas en múltiples actividades.

Uber es eso. Un modelo que detectó un vacío y una oportunidad en un servicio que se maneja de manera muy similar en todo el mundo: el transporte individual de pasajeros. Su éxito radicó en hacerse presente en un ambiente en el que la oferta no es transparente y se dan fenómenos de inseguridad, maltrato o cobros arbitrarios, los cuales varían dependiendo de la dureza y seriedad de las autoridades de cada ciudad o país.

El de Colombia, es un terreno abonado. Ya sea en Bogotá, en donde las quejas y desconfianza respecto de los taxistas son conocidas, hasta en poblaciones en las que el cobro sale de una negociación con el conductor, el usuario no se siente bien tratado.

El problema tiene mucho que ver con la informalidad. No existen buenos controles, ni mucho menos información sobre choferes que deberían tener un mínimo de capacitación, más allá de saber manejar. Tampoco hay transparencia sobre los famosos ‘cupos’, esos títulos para operar en un determinado sitio que se transan entre particulares y han llegado a precios ridículos. Frente a tales vacíos es imposible presentar una queja y, menos, conseguir una sanción ante a eventuales casos de abuso.

Uber, en contraste, señala que su propósito es la satisfacción del cliente, que no es otra que una buena relación entre precio pagado y calidad obtenida. Conseguir un historial del uso del servicio y de quién lo prestó es fácil, pues el registro de todas las transacciones se encuentra perfectamente automatizado y monitoreado. Ese es uno de los motivos por los cuales ha tenido tanto éxito en el país.

En respuesta, el gremio de los taxis ha buscado eliminar a esta nueva forma de competencia de un tajo, combinando diferentes formas de presión que van desde la movilización popular hasta el uso de fichas políticas. Algunos han propuesto una especie de categoría premium, para que el gremio de los amarillos no se quede sin un pedazo de la torta.

Pero sea cual sea la salida formal, el poder de la tecnología es mayor que el de ciertas reglamentaciones que tratan de anteponer el interés particular al beneficio común. Quien lo dude no tiene más que examinar el éxito de Airbnb, una aplicación con la que cualquier persona puede alquilar su casa, o parte de ella, a otros que desean vacacionar a un precio y con una experiencia distinta a los que ofrece un hotel. Sin haber puesto jamás un ladrillo, la empresa acoge más habitaciones y llega a más puntos geográficos que los que puede ofrecer cualquier conglomerado global especializado en dar alojamiento.

De vuelta al tema del transporte, no hay duda de que un escenario de cooperación podría servir para mucho. Por ejemplo, ofrecer información digital y detallada de comportamiento del tráfico, sería un activo invaluable para la planeación urbana. Pero eso no se logra tapando el sol con las manos ni buscando el ahogado río arriba. Uber es apenas otra semilla de algo tan grande, que es un inmenso error pensar que a punta de bravuconadas gremiales, amenazas o paros, se va a detener o desaparecer.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

@ravilapinto

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