Ricardo Ávila

Un año después

El cambio de estilo de quien está en la Casa de Nariño es notable.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
mayo 29 de 2011
2011-05-29 10:34 p.m.
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Hoy hace un año tuvo lugar la primera vuelta de las elecciones que llevarían, tres semanas más tarde, a la escogencia de Juan Manuel Santos como Presidente de la República, con una votación récord de más de nueve millones de votos, y el despertar de una enorme esperanza.

El optimismo de entonces se explicaba por la sensación generalizada, incluso entre quienes no habían votado por el candidato triunfador, de que el nuevo mandatario mantendría los logros del gobierno de Álvaro Uribe en el campo de la seguridad y el aumento de la inversión privada, pero dejaría atrás la crispación política, tanto en el campo interno, como en el internacional.

Desde la recta final de la campaña, cuando se definía la segunda vuelta presidencial entre Santos y Antanas Mockus, el primero envió positivas señales de apertura hacia sectores como el liberalismo y Cambio Radical, que llevaban mucho tiempo duramente enfrentados con Uribe. Y una vez en el ejercicio del Gobierno, ese redireccionamiento se vio confirmado con el nombramiento en el gabinete de personajes como Germán Vargas o Juan Camilo Restrepo y con el planteamiento de temas legislativos audaces como la ley de tierras y la de víctimas.

La propuesta de un gobierno de Unidad Nacional, abierto a una amplia gama de fuerzas políticas y mucho más de centro, consolidó las esperanzas que habían asomado tras la elección y marcó desde entonces el estilo conciliador y abierto que ha caracterizado a Santos, en la política nacional y en la diplomacia, algo que no en pocas ocasiones ha despertado las críticas de su antecesor.

A pesar de esos cuestionamientos lanzados por Uribe y por algunos de sus más cercanos seguidores, no es exagerado decir que esa postura incluyente y abierta es lo que más les ha gustado a los colombianos del estilo que el mandatario impuso al llegar a la Casa de Nariño. En ese terreno, la apuesta del Presidente ha sido ganadora, incluso en frentes tan arriesgados como las relaciones con su homólogo venezolano Hugo Chávez.

Pero así como entre los colombianos, esa faceta del estilo presidencial ha sido valorada positivamente, también lo es que otros marcados contrastes de Santos con su predecesor han gustado menos.

El principal es que el mandatario ha actuado más como Jefe del Estado que como jefe de Gobierno.

En países como Francia, esas funciones están separadas, la primera en cabeza del Presidente, y la segunda, en la del Primer Ministro.

Pero en Colombia, están ambas a cargo de quien ocupa el principal despacho de la Nación.

Y si Uribe por momentos se comportaba más como un administrador del día a día, inmiscuyéndose, a veces en exceso, en la minucia de la administración, Santos ha preferido tomar distancia de lo que algunos llaman la microgerencia, y delegar esas labores en sus ministros y directores de institutos.

Eso tiene sentido en muchos temas donde la excesiva intervención presidencial puede en ocasiones ser más mala que buena. Pero en asuntos críticos, como la seguridad o la tragedia invernal, no faltan quienes sostienen –a lo mejor de manera injusta– que los colombianos han echado en falta que el Presidente se meta en el barro de manera personal y solucione, con su ejercicio directo del mando, las sucesivas trabas que en muchas ocasiones impiden que los distintos organismos del Estado cooperen bien en el logro de metas.

Habrá que ver si en los meses por venir, Santos hace los ajustes del caso para seguir contando con el beneplácito de la ciudadanía en el cambio de estilo que trajo más tolerancia en el debate político y menos confrontación, pero también para que sus gobernados sientan que está involucrado tanto en las políticas como en el detalle de ciertos temas.

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