Ricardo Ávila
Editorial

Buscar un justo medio

Colombia puede desarrollar su gran potencial ecoturístico sin que ello implique acabar con los parques nacionales.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
marzo 02 de 2017
2017-03-02 09:05 p.m.
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Una de esas polémicas que a veces surgen de manera inesperada es la que se ha armado entre ciertos sectores de opinión en Colombia, por cuenta de un proyecto de decreto que le daría voz al Ministerio de Comercio, Industria y Turismo en la manera en que se llevan los asuntos de los parques nacionales naturales en el país. Con una extensión de 14,2 millones de hectáreas, las 59 áreas protegidas que existen a lo largo y ancho del territorio nacional, representan una proporción muy importante de nuestra geografía, además de albergar incalculables riquezas en materia de flora y fauna.

La piedra de escándalo es la idea de impulsar el desarrollo del potencial ecoturístico con que contamos. No hay duda alguna de que una proporción importante de los más de mil millones de viajeros que cada año recorren el mundo, desea llegar a aquellos lugares en donde pocos han plantado su huella y es posible sentir cómo eran las cosas antes de la llegada del progreso.

En el caso colombiano, la oportunidad es evidente, debido a la mejora en el clima de seguridad en las zonas más apartadas. El fin del conflicto con las Farc derrumba las fronteras virtuales que existían en numerosos lugares, pues solo los más arriesgados exponían su pellejo al recorrer regiones con presencia guerrillera.

'Uno de los desafíos es convertir a las comunidades que habitan cerca de las áreas protegidas en aliadas y no en adversarias'

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Por tal motivo, es explicable que se den intentos de encausar el aumento predecible en el flujo de turistas, que pueden ser una fuente mucho más importante de empleo y crecimiento. La discusión, claro, recae en cuáles serán las reglas de juego.

En un extremo, se encuentran quienes consideran que ahora será posible atraer inversiones cuantiosas para suplir la falta de infraestructura que hay en zonas que, por definición, son agrestes. No son pocas las experiencias de construcciones amables con la naturaleza que permiten convocar a turistas de alto poder adquisitivo, dispuestos a pagar sumas importantes por vivencias únicas y exclusivas.

La otra cara de la moneda es la de los conservacionistas a ultranza, a quienes no les faltan los adeptos. Según esa postura, lo que se debe hacer con las áreas protegidas es dejarlas como santuario, con la menor presencia posible del ser humano. Solo de esta manera será posible legarle intacta a las futuras generaciones la herencia que recibimos.
Aunque la idea suena atractiva, la verdad es que no está desprovista de ingenuidad. La capacidad estatal a la hora de velar por el cuidado de los parques es muy limitada, por razones presupuestales. Un guardabosque promedio no cuenta con los medios adecuados para hacer su labor, aparte de que le corresponde vigilar decenas de kilómetros cuadrados, con lo cual le queda imposible evitar que la ilegalidad haga de las suyas.

Por tal razón, es necesario encontrar un justo medio. Así como la idea de un gran hotel en la mitad de la jungla es cuestionable, también es absurdo tapar el sol con las manos y desconocer que la gente llegará, con o sin permiso.

Al respecto, el Gobierno sostiene que lo único que desea es contar con un mecanismo de coordinación que le permita desarrollar obras básicas en los parques, como senderos ecológicos, demarcación de rutas e instalaciones sanitarias básicas. Una política que funcione, en la práctica, podría llevar a que el sector privado provea fondos que hoy no existen, destinados a la protección y el cuidado de las diferentes reservas.

Adicionalmente, quienes saben del tema señalan que el desafío es convertir a las comunidades que habitan en las zonas aledañas a las áreas protegidas, en aliadas y no en adversarios. Los cascos urbanos de los municipios son los que más tienen que ganar si en su perímetro se instalan hoteles y restaurantes apropiados. Para que eso suceda, es clave que la política pública sea clara y que los celos interinstitucionales desaparezcan. Hay cómo hacer bien la tarea, pero ello requiere un esfuerzo de inclusión que aún no se ve.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
@ravilapinto

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