Ricardo Ávila

Por una cabeza

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
agosto 29 de 2012
2012-08-29 01:31 a.m.
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En doce semanas, Estados Unidos celebrará sus elecciones presidenciales y, según los pronósticos, será una contienda reñida que se definirá por un margen estrecho.

Hace cuatro años, la fuerza esperanzadora de Barack Obama se impuso sobre la trayectoria del veterano John McCain, con 375 votos en los colegios electorales frente a 173, mientras alcanzó el 53 por ciento de los votantes, consolidando un mandato incuestionable.

Hoy, la realidad muestra que el entusiasmo vivido hace cuatro años se ha desvanecido y, de acuerdo con las encuestas, el margen de ventaja del presidente Obama frente a su contendor republicano, Mitt Romney, es de apenas cuatro puntos porcentuales.

Si bien los sondeos no pueden anticipar con precisión el resultado final, debido a que Estados Unidos se rige por un sistema indirecto, en el cual cada estado, en función de su población y territorio, cuenta con un número de delegados que se contabilizan para el ganador en cada circunscripción, las mediciones regionales disponibles son dicientes sobre la indecisión del electorado.

Para ganar los comicios se requiere obtener al menos 270 colegios electorales y, en la actualidad, según las tendencias, Obama puede contar con (casi seguros) 221, frente a 191 de Romney.

El problema radica en que existen en disputa 126 colegios, correspondientes a los estados de Colorado, Florida, Iowa, Michigan, Nevada, Nueva Hampshire, Carolina del Norte, Ohio, Virginia y Winsconsin. En cada uno de ellos, hay, prácticamente, un empate técnico.

El reto para el presidente Obama, quien en el 2008 se posicionó como el señor de la esperanza, consiste en convencer al pueblo estadounidense de sus logros.

A su favor se pueden contabilizar la adopción de un plan de salvamento que evitó una nueva depresión económica, haber adelantado una reforma a la salud con miras a brindar cobertura universal, el retiro escalonado de las tropas en Irak y Afganistán, la muerte de Osama bin Laden, el rescate de la industria automotriz, y una recuperación económica, que a pesar de ser frágil, contrasta con el país que recibió en enero del 2009.

A pesar de estos factores positivos, Mitt Romney ha buscado posicionarse como la voz del electorado que no le perdona al actual inquilino de la Casa Blanca –luego de cuatro años de agendas, políticas expansivas de gasto y programas de estímulo– que el país siga experimentando un desempleo superior al 8 por ciento. Apelando a su experiencia de hombre de negocios, más que a sus años como gobernador de Massachussetts, Romney ha concentrado el debate en los temas económicos y apelado a las líneas más radicales del Partido Republicano, encarnadas por el ‘Tea Party’, para cuestionar la expansión del Estado promovida por el mandatario.

En el debate de las ideas, Obama se la ha jugado por una posición más progresista frente a la inmigración, buscando mantener el voto hispano; la reducción de impuestos a la clase media y mayor carga para los sectores más ricos; un sistema de salud obligatorio y una política exterior centrada en la diplomacia constructivista. Romney ha sido duro con la inmigración, aboga por el desmonte de gran parte de la reforma a la salud lograda por Obama, es amigo de un plan de ajuste fiscal drástico y cree en una política exterior más dura frente a riesgos latentes como Irán.

Por el momento, los vientos soplan a favor de Obama, pero su ventaja es frágil y cualquier revés en materia económica o inclusive de política exterior, si la situación con Irán se complica, pueden jugar en su contra.

La convención republicana de esta semana es el primer abrebocas de una campaña que entra en la recta final. Ahora vendrán los debates televisados, mientras el pueblo de Estados Unidos se prepara para unas elecciones en las cuales el próximo ocupante de la mansión presidencial se decidirá por una cabeza.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

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