Ricardo Ávila

Cantos de sirena

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
agosto 19 de 2014
2014-08-19 01:30 a.m.
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Aquel refrán según el cual ‘el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones’ bien podría aplicársele a una propuesta hecha en la campaña reciente por Juan Manuel Santos. En su momento, el actual presidente se comprometió con “revivir” el pago de las horas extras, con el argumento de que la reforma que en su momento estableció la Ley 789 del 2002 -impulsada por Álvaro Uribe desde la Casa de Nariño y por el entonces senador Óscar Iván Zuluaga- es lesiva para los trabajadores.
Es fácil hacer populismo al respecto. Para los detractores de lo que pasó, se trata simplemente de retornarles a millones de personas el derecho que les corresponde de reconocerles un recargo por tener que cumplir funciones más allá de la jornada laboral. En consecuencia, el Partido Liberal se ha presentado como el impulsor de la iniciativa, con el argumento de que simplemente busca una mayor justicia social, mediante un aumento del ingreso familiar.
No obstante, sin desconocer que el planteamiento suena muy bien, las cosas no son necesariamente como se presentan. Para comenzar, porque no es cierto que las horas extras se hayan eliminado en Colombia. Quienes se desempeñan en horario nocturno o los dominicales y los festivos tienen derecho a un pago adicional que es del 35 o el 75 por ciento del salario base, según corresponda. En este último caso, y si nos comparamos con otros países de América Latina, estamos por encima de Venezuela o Argentina -en donde el recargo es del 50 por ciento- y por debajo de Brasil o Perú, en donde es del 100 por ciento.
Pero el asunto de fondo es el efecto sobre las tasas de ocupación que pueda tener un retorno al esquema previo, cuando la jornada de trabajo ordinaria terminaba a las 6 de las tarde, no a las 10 p.m., como sucede hoy en día. Y es que la reforma se presentó originalmente como una flexibilización de normas que hacía posible tener dos turnos de ocho horas, con el fin de disminuir el elevado desempleo que fue uno de los grandes dolores de cabeza de comienzos del siglo.
Si bien es cierto que este descendió, no hay consenso entre los académicos sobre si el régimen sirvió su propósito o si los factores que influyeron fueron otros. Debido a ello, tampoco hay acuerdo sobre lo que puede suceder si los costos laborales suben.
No obstante, Fedesarrollo viene de publicar un escrito en el que describe los riesgos, que no son pocos. Para comenzar, es indudable que sectores intensivos en mano de obra como el comercio y los servicios sentirán una presión que puede conducir a algunos empleadores a adelgazar sus nóminas. En caso de que eso ocurra, quienes sigan con puesto se verían beneficiados, pero el efecto neto para la economía podría no ser positivo.
También es inquietante la posibilidad de que el problema de informalidad de la fuerza de trabajo empeore. Un retroceso en este frente sería lamentable, sobre todo porque tras la reforma tributaria del 2012, que redujo el peso de las cargas parafiscales, ha tenido lugar un importante aumento en las contrataciones formales.
Tales elementos deberían ser tenidos en cuenta por el Gobierno, sobre todo ahora que los datos más recientes indican que el número de vacantes que se está creando en la economía ha bajado su ritmo. Lo peor que podría suceder es que en lugar de atender las recomendaciones de los expertos que insisten en que los costos laborales en Colombia son relativamente elevados y aconsejan buscar fórmulas para moderarlos, se le dé otra vuelta a la tuerca.
En caso de que ello ocurra, probablemente seguiremos con tasas de desempleo superiores al promedio regional, sin que la mala distribución del ingreso que tenemos mejore. Por tal razón, hay que evaluar bien los cantos de sirena que tantos entonan en el Congreso, para que el remedio que se propone no resulte peor que la enfermedad.

 

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co

Twitter: @ravilapinto

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