Ricardo Ávila

La carta que más importa

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
abril 29 de 2013
2013-04-29 03:53 a.m.
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Es difícil juzgar la marcha de toda una locomotora, por cuenta de lo que pasa en uno de los vagones. Sin embargo, no deja de ser inquietante el reporte entregado por el Dane el viernes, según el cual la producción de cemento gris volvió a caer en marzo en el país. A causa de lo sucedido, el acumulado del primer trimestre muestra una disminución del 6,4 por ciento.

Bajo este lente, la construcción todavía no ha tomado el impulso que sus promotores esperan. En el caso del ramo edificador, que representa cerca de la mitad de la actividad, se ha notado un descenso, concentrado sobre todo en Bogotá, y en menor grado en otras capitales. En lo que hace a las obras civiles, da la impresión de que los grandes proyectos de infraestructura, tanto a nivel local, como regional y nacional, aún no despegan.

Semejante comportamiento justifica algunas de las decisiones tomadas por el Gobierno cuando dio a conocer el plan de choque para reactivar la economía, más conocido como Pipe. De un lado, se adoptó una agresiva política de subsidio a las tasas de interés del crédito hipotecario en rangos específicos de precios, que debería traducirse en el lanzamiento de nuevos proyectos, orientados a capturar un previsible incremento en la demanda. No obstante, el estímulo requiere que las administraciones municipales respondan a la hora de garantizar que habrá suelo urbanizable suficiente y que los trámites se podrán hacer de manera ágil.

Por otra parte, fue incrementado de nuevo el presupuesto para vías. Pero mucho más importante que eso fue el compromiso implícito de acelerar la ejecución de los recursos de las regalías, que va mucho más allá de depositar el dinero en los bancos y que debe traducirse en la apertura de múltiples frentes de obra.

Adicionalmente, está la decisión de impulsar las grandes obras en materia de carreteras, puertos, aeropuertos, ferrocarriles y navegación fluvial, cuya concreción cumpliría el doble propósito de tener efectos positivos sobre la producción y el empleo, aparte de romper con los cuellos de botella que limitan la competitividad del país.

A este respecto, las necesidades son incuestionables. En las clasificaciones que elabora el Foro Económico Mundial, Colombia ocupa el puesto 126 entre 142 naciones en lo que respecta a la calidad de sus vías, mientras que en materia portuaria el lugar es el 125, y en ferroviaria, el 109. No es sorpresa, entonces, que nos encontremos a la retaguardia de América Latina, con el inconveniente adicional de que la mayoría de los principales centros de consumo están alejados de las costas.

Para responder a este desafío hay un objetivo general establecido. Este consiste en triplicar la inversión en infraestructura al equivalente del 3,1 por ciento del Producto Interno Bruto, durante al menos una década. En dólares de hoy, dicha suma se acerca a los 11.500 millones, una cifra que no tiene precedentes y que sería destinada no solo a recortar el rezago, sino al adecuado mantenimiento de lo existente y lo que se construya.

Frente a esas necesidades, hay avances que se empiezan a notar. Por ejemplo, la inversión proveniente del sector privado llegaría este año a casi 3.200 millones de dólares, cerca del doble que en el 2010. Pero el verdadero salto está previsto entre el próximo año y el 2016, fechas en las que los cálculos del Gobierno hablan de sumas superiores a los 6.700 millones de dólares anuales, a las que se deben agregar los recursos del presupuesto nacional, las regalías y lo que surja de las propuestas de asociaciones público-privadas.

El desafío, entonces, es conseguir que las ejecutorias comiencen más temprano que tarde. Al respecto, entidades como Fedesarrollo y el Banco de la República opinan que en el segundo semestre la locomotora por fin andará con mayor velocidad. Ojalá así sea, porque de eso depende la economía colombiana en el 2013.

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