Ricardo Ávila
Editorial

El caso es de hambre

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
mayo 18 de 2016
2016-05-18 09:21 p.m.
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A primera vista, las marchas de este miércoles en Venezuela se parecen a otras, cuando la voz de los opositores al Gobierno se enfrentó a la represión policial que impidió el paso de los manifestantes. Sin embargo, una mirada más detenida revela que el deterioro de la situación en el país vecino no tiene precedentes y que el régimen chavista ha franqueado líneas que antes se había negado a cruzar.

La más evidente es el desconocimiento del orden constitucional. No de otra manera puede calificarse la actitud del Palacio de Miraflores al tratar de impedir la celebración de un referéndum revocatorio respaldado por casi dos millones de firmas que seguramente perdería, tal como lo confirman diversos sondeos.

En cambio, la respuesta de Nicolás Maduro es la de tensar la cuerda, jugar con la hipótesis de la amenaza externa y extender el estado de emergencia por cuenta del cual puede dictar medidas que restrinjan más las libertades individuales, colectivas y empresariales. No en vano, el secretario general de la OEA, Luis Almagro, se vino lanza en ristre contra el mandatario al decirle que “negar la consulta al pueblo, negarle la posibilidad de decidir, te transforma en un dictadorzuelo más, como los tantos que ha tenido el continente”.

Mientras la tensión política sigue al alza, la vida para el venezolano común y corriente ha pasado de difícil a desesperada. Un video publicado en internet se volvió viral en las redes sociales, pues habla de forma descarnada de una realidad que empeora, sin que se vea la luz al final del túnel. Su protagonista es una profesional, madre de un niño de dos años, cuyo desgarrador llamado debería resonar en las más diversas latitudes.

Resulta increíble constatar que el país que cuenta con las mayores reservas de petróleo del mundo, no tiene como alimentar a sus habitantes, ni garantizarles el acceso a la salud o unas mínimas condiciones de seguridad. La caída en los precios del petróleo desembocó en un recorte del 40 por ciento en las importaciones, algo devastador para una nación que trae del exterior más de dos terceras partes de la comida que consume.

De la mano de la escasez, viene creciendo una verdadera crisis humanitaria que les pasa la cuenta a los más desvalidos. El caso, como bien dice la expresión coloquial, es de hambre. Debido a ello, las muestras de inconformismo son cada vez más notorias e incluyen saqueos, crimen y nuevas oleadas de protesta.

Tras la escasez están también las prácticas corruptas. La existencia de múltiples sistemas de precios, combinada con los anaqueles vacíos, ha disparado el mercado negro. En medio de la depresión se ven personas que parecen indemnes a la debacle, a pesar de que ignorar el entorno es imposible. Y es verdad que el contrabando persiste, aunque cada vez más tiene su origen en Colombia e incluye desde bienes de primera necesidad hasta llantas, como lo indican los reportes venidos de Cúcuta.

Todo lo anterior convence a los observadores de que el punto de quiebre no está lejano. Es posible que la revolución bolivariana mantenga el control de las fuerzas armadas, pero eso no le garantiza conservar el poder, sobre todo porque la coyuntura es insoportable y lo que viene pinta peor todavía.

En las actuales circunstancias, la comunidad internacional debería jugar un papel. Invocar la Carta Democrática interamericana es un camino inaplazable para ejercer presión sobre Caracas con el fin de que respete las normas y deje que la opinión popular se exprese.

Además, el canal de diálogo que establecieron Washington y La Habana tendría que servir para buscar salidas que eviten la implosión de un país que en su caída afectará a toda la región y especialmente a sus vecinos. Por tal razón, no basta con sentir lástima por lo que ocurre al otro lado de la frontera, sino que hay que pensar en cómo se evita un escenario que ya no es malo sino aterrador.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
@ravilapinto

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