Ricardo Ávila

Una Colombia distinta

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
septiembre 21 de 2015
2015-09-21 12:43 a.m.
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Desde hace cerca de un año, el Banco Mundial había afirmado en un reporte que el tamaño de la clase media en Colombia superaría en el 2015 al de las personas en condición de pobreza, por primera vez en nuestra historia. La proyección fue corroborada por el Dane, lo cual le sirvió a Juan Manuel Santos para destacar semejante logro el viernes pasado.

De acuerdo con el mandatario, algo más del 30 por ciento de los colombianos se encuentra en la mitad de la pirámide de ingresos, un punto por encima de quienes están en la parte baja. A comienzos del siglo, la proporción era del 16 por ciento, con lo cual queda claro que nuestra sociedad ha experimentado una fuerte transformación en un lapso relativamente corto.

Tal evolución se ha visto en otras partes de América Latina. Por cuenta de una época de buen crecimiento económico, que fortaleció de manera significativa el mercado laboral, millones de habitantes de la región subieron uno o más peldaños.

Sin desconocer que programas de transferencias condicionadas y otras iniciativas ayudaron a los grupos más vulnerables, como los ancianos o las madres cabeza de familia, a cambiar su situación, el factor determinante fue la disminución del desempleo, al que se le atribuyen cuatro quintas partes de los logros obtenidos. Puesto de otra manera, nada reemplaza un buen trabajo a la hora de mejorarle la calidad de vida a la gente.

Este factor es clave en el caso de la clase media, que es la que tiene un ingreso promedio diario de entre 10 y 50 dólares, ajustado por la paridad de compra. Aunque la línea de corte puede parecer arbitraria, los estudiosos han demostrado que cuando un individuo llega a ese nivel, la probabilidad de devolverse es muy baja.

No ocurre así con quienes salen de pobres, pero quedan entre un peldaño y otro y son clasificados como vulnerables. En nuestro caso, cerca del 38 por ciento de los colombianos están en esa categoría, en la que es posible cubrir las necesidades básicas de alimentación o vivienda, pero en la cual una calamidad doméstica o la pérdida del empleo pueden significar el regreso a las filas de la pobreza.

Más allá de los peligros que surgen en medio de la desaceleración actual, vale la pena tener en cuenta que el surgimiento de la clase media viene acompañado de retos distintos en un país que, a veces, no acepta que ha evolucionado. Múltiples trabajos académicos demuestran que la gente se comporta diferente tanto en sus exigencias como en sus expectativas, una vez consigue cierta seguridad, en términos económicos.

Por ejemplo, los estándares en materia de educación o salud aumentan. No basta con un cubrimiento básico, sino con un incremento en la calidad del servicio entregado. Algo similar pasa con los temas de movilidad o manejo de basuras, pues las preocupaciones se expresan desde una perspectiva urbana, debido a que la gran mayoría de la clase media vive en las ciudades.

Por su parte, la tolerancia a la corrupción disminuye y la capacidad de protesta en las calles aumenta. El caso cercano más notorio es Brasil, en donde las manifestaciones populares tienen en serios problemas a la presidenta Dilma Rousseff, cuyo respaldo más fuerte se concentra en familias localizadas en zonas apartadas y de menores ingresos.

Los expertos en el asunto están enfrascados en un intenso debate sobre los cambios que la nueva realidad trae a la hora de definir tendencias políticas, o de las exigencias sobre la asignación del presupuesto público o el pago de impuestos. Aunque no hay consenso al respecto, el mensaje es que la presencia de la clase media implica nuevas reglas de juego. Y esa señal debe ser entendida no solo por la comunidad de negocios, sino por los dirigentes de todas las tendencias. Quien crea que la Colombia de ahora es igual a la de comienzos del siglo, se puede llevar más de una sorpresa.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

@ravilapinto

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