Ricardo Ávila

A corregir el despojo

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
abril 03 de 2013
2013-04-03 05:32 a.m.
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Es común escuchar entre los estudiosos de la historia de Colombia la afirmación de que el despojo de tierras ha sido la principal génesis de los conflictos y las inequidades sociales. En repetidas ocasiones, a través de los siglos, tanto comunidades como personas han debido salir del sitio en que viven por cuenta de presiones armadas o argucias legales, normalmente encaminadas a que vastas áreas queden en un puñado de manos.

Tales técnicas -que deben ser calificadas como criminales- parecen haber llegado a su máxima refinación en las dos últimas décadas, cuando el fenómeno del paramilitarismo empezó a crecer en el país. Por cuenta de los métodos utilizados, millones de hectáreas cambiaron de propietario, un proceso que empieza a ser revertido tras la aprobación de mecanismos legales para tal fin.

No obstante, será necesario un gran empeño -de recursos y tiempo- para corregir la situación. La razón es que la maraña es muy compleja de desenredar y debe ser entendida por las autoridades.

En tal sentido, hay que reconocer el trabajo que viene de concluir la Superintendencia de Notariado y Registro, al identificar las tipologías que se han venido usando desde hace un tiempo. Así, cerca de 65 mecanismos diferentes han sido utilizados, ya sea desde el punto de vista jurídico o del material.

Bajo el primero se ubican aquellas estratagemas que consisten en transferir la propiedad de un predio a través de documentos públicos. Los sistemas son la coacción, el constreñimiento, la falsedad o la suplantación, entre otros.

Un ejemplo típico es el de las ventas forzadas, como las que puso en marcha en su momento Sor Teresa Álvarez, integrante del clan de los Castaño Gil, para hacerse con vastas extensiones en el departamento de Córdoba. Otro es el despojo masivo por transferencia de dominio, en el cual una misma persona jurídica se queda con numerosos predios localizados en zonas de desplazamiento forzado.

Tras cada uno de esos casos hay miles de tragedias individuales. Estos van desde el campesino que entrega un poder bajo amenaza de muerte, hasta el que accede a recibir una fracción de lo que vale su propiedad para no perder la vida. Las víctimas han preferido en la mayoría de los casos engrosar los cinturones de miseria en las grandes ciudades, con la vana ilusión de que en las áreas urbanas no serán objeto de los mismos vejámenes que en el campo.

Aparte de esos damnificados, también hay uno silencioso: el Estado colombiano. Y es que la mayoría de los territorios adquiridos ilegalmente -600.000 de un millón de hectáreas identificadas- formaban parte de los baldíos de la nación. Para quedarse con esas extensiones, los organizadores del esquema han llegado a expedir resoluciones fraudulentas del Incoder, el Incora o el Instituto Agustín Codazzi, que posteriormente son incorporadas por notarios complacientes.

Quizá una de las prácticas que más llama la atención es la de aumentar el área de un predio con el argumento de que el cauce del río que sirve de lindero se seca. Así fue posible que varias parcelaciones en el Chocó que sumaban originalmente 121 hectáreas crecieran hasta 17.830.

Casos como los referidos y muchos más se encuentran a lo largo y ancho del territorio nacional. Detrás de los abusos hay personas de todos los pelambres, incluyendo “avivatos de cuello blanco, de cuello gris, paramilitares y guerrilla”, según afirmación del Superintendente de Notariado y Registro, en declaraciones a El Tiempo.

Es precisamente dicha entidad la que tiene la intención de concentrarse en recuperar los baldíos de la nación en un término no mayor a 12 meses. Su accionar debería complementarse con la que adelanten los jueces agrarios, encargados de la restitución de tierras, que tienen a su cargo unos 6.000 procesos que abarcan cerca de 300.000 hectáreas. Pero las instituciones responsables requieren acompañamiento y respaldo para salir adelante en una cruzada que también es primordial para que impere la paz en el campo.

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