Ricardo Ávila

Crimea también importa

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
marzo 04 de 2014
2014-03-04 04:05 a.m.
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El nombre con el cual la prensa europea ha bautizado lo ocurrido en los últimos días en la península de Crimea es el de “la invasión silenciosa”. Ese es el término con el cual describen los medios lo que en realidad es la toma de control de una porción importante del territorio de Ucrania por parte del Ejército de Rusia, siguiendo indicaciones precisas del presidente Vladimir Putin.

El control militar impuesto por Moscú no ha derivado –por lo menos en el momento de escribir estas líneas– en hechos bélicos, así el eco lejano de los tambores de guerra se haya vuelto a escuchar en la zona. La calma chicha tiene que ver con la amenaza de sanciones por parte de Occidente, si las ambiciones expansionistas del Kremlin se concretan. Pero mientras la diplomacia trata de evitar lo que para muchos es un desenlace anunciado, en otros frentes ya comienzan a producirse las primeras bajas.

Así quedó demostrado ayer, cuando los mercados bursátiles pagaron los platos rotos ante la oleada de nerviosismo causada por la posibilidad de un conflicto. Aparte de que en Rusia los precios de las acciones cayeron en más de 9 por ciento y el rublo perdió terreno frente al dólar, en el Viejo Continente las diferentes plazas mostraron importantes saldos en rojo.

El coletazo se sintió también de este lado del Atlántico, aunque en menor proporción. Y es que más allá de la gran distancia que separa al hemisferio americano de los montes Urales, dados los vasos comunicantes que existen en el planeta, es imposible sustraerse de eventos que pasan a miles de kilómetros.

En el caso presente, es verdad que Ucrania –cuya población es similar en tamaño a la de Colombia– tiene un peso de apenas el 0,2 por ciento en el Producto Interno Bruto global. Aun así, es un importante exportador de trigo y maíz, una realidad que impactó las cotizaciones de ambos bienes, además de tener una ubicación estratégica.

Y el tema va más allá. La estabilidad de la economía europea depende, en parte, del suministro de gas ruso, que aporta una cuarta parte de sus necesidades. De esa porción, el 80 por ciento llega al Viejo Continente tras pasar por territorio ucraniano, ante lo cual un deterioro en las condiciones de seguridad en el área le pondría un signo de interrogación a la adecuada provisión del combustible.

La otra cara de la moneda es la de Rusia. A pesar de su gran extensión y sus inmensos recursos naturales, Putin no ha sido un buen administrador, lo cual se expresa en bajas tasas de crecimiento y dudas sobre la sostenibilidad de las obligaciones que tiene Moscú. Más allá de su poderío militar, el oso ruso está parado sobre un hielo que podría quebrarse si es objeto de sanciones por parte de sus colegas del Grupo de los Ocho.

Tales elementos sirven para demostrar que el asunto es mucho más complejo de lo que parece. Aparte de los líos de vecindad que tienen dos antiguos integrantes de la Unión Soviética, un deterioro de la crisis puede tener consecuencias en las más diversas latitudes y dar al traste con las esperanzas de recuperación que existían para este año.

Por tal motivo, es imposible ser indiferente ante la situación. Si la tensión empeora, lo más posible es que los capitales buscarán refugio en sitios que consideran seguros, algo que se reflejara en una mayor devaluación del peso. Y aunque los precios de algunos productos básicos podrían repuntar, el daño que dejaría un escenario bélico sería mucho más profundo y duradero que los beneficios de corto plazo.

Así las cosas, y sin que tenga velas en ese entierro, a Colombia también le conviene que prime la cordura y que las gestiones de los poderosos permitan encontrar una solución negociada, pues de lo contrario aquí los justos también acabarían pagando por los pecadores. No se trata solo de un tema de soberanía, sino de evitar que la balanza se desequilibre aún más.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

Twitter: @ravilapinto

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