Ricardo Ávila

La cuesta de febrero

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
marzo 06 de 2015
2015-03-06 04:08 a.m.
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Un verdadero baldado de agua fría. Así podría describirse la sensación entre los integrantes del equipo económico, después de que el Dane diera a conocer el alza en el Índice de Precios al Consumidor en el mes de febrero.

De acuerdo con la entidad, la inflación en dicho mes fue del 1,15 por ciento, casi el doble de lo que pronosticaban los analistas. Ahora, el acumulado del año completo asciende a 4,36 por ciento, un dato que supera con holgura el límite superior del rango fijado como meta por el Banco de la República y que está más de dos puntos por encima de lo registrado en el primer bimestre del 2014.

Los culpables de semejante aceleración fueron tres grupos de gasto. El primero es el de educación, con un alza del 4,36 por ciento, que refleja el reajuste de matrículas y pensiones, propio de la temporada. Técnicamente, la categoría se denomina instrucción y enseñanza, en la que se registra lo hecho por colegios y universidades, que, a pesar de estar en libertad vigilada, tienen espacio para hacer incrementos reales.

Por su parte, el ramo de comunicaciones avanzó 2,4 por ciento. Quienes saben del tema dicen que lo ocurrido también tiene un componente estacional, que no necesariamente debería repetirse en las mediciones que vienen.

En cambio, en el renglón de alimentos –área en la que radica la responsabilidad más grande del salto observado– confluyeron factores que se expresaron en un alza del 1,81 por ciento. Para comenzar, los cereales y productos de panadería crecieron casi 8 por ciento, en respuesta al alza en la tasa de cambio. Como se sabe, la harina de trigo se importa y ante la fuerte devaluación del peso, el apretón no se hizo esperar.

Por otro lado, el arroz registró un brinco del 17 por ciento. Hay una situación de escasez que el Ministerio de Agricultura no ha podido explicar plenamente y que golpea los bolsillos de los consumidores de manera directa. Adicionalmente, factores climáticos pueden haber influido sobre las legumbres frescas o el tomate, que también se encarecieron en las plazas de mercado.

Pero más allá de esas razones, hay que esperar la reacción de los inversionistas ante una situación inesperada. Si bien el propio Emisor había advertido que existían grandes posibilidades de una aceleración en el ritmo de los precios, no se anticipaba que fuera de esta magnitud.

De tal manera, es muy posible que los valores de los títulos de deuda que se transan en el mercado secundario se vean afectados. El motivo es que las rentabilidades reales que algunos operadores demandan, se vieron recortadas de un plumazo.

No obstante, el tema más complejo para las autoridades es el manejo de las expectativas. Aunque una desviación ocasional de los objetivos inflacionarios definidos es totalmente normal, la pregunta es si los especialistas creen que las condiciones han cambiado. De ser ese el caso, el mensaje contundente que se verá obligado a enviar el Banco de la República es que tiene la rienda corta y que no permitirá, de ser posible, que la carestía se desboque.

La necesidad de reaccionar con fuerza altera los pronósticos de algunos que pensaban que pronto vendría una baja en la tasa de interés que la institución le cobra al sector financiero por darle liquidez. Hasta hace algunos días, la apuesta era que en medio de una economía que da señales de desaceleración, el Emisor pondría de su parte para estimular la producción y el consumo.

El problema es que ese propósito, si existió, queda relegado ante la necesidad de calmar las aguas y responder al mandato constitucional de defender el poder adquisitivo de la moneda. Ahora hay que encender las alarmas y aunque es probable que se pueda contener la avalancha, es indudable que la manera de hacerlo no es quedándose de brazos cruzados, sino dejando en claro que la situación está bajo control.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
Twitter: @ravilapinto

 

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