Ricardo Ávila

La cuña que más aprieta

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
diciembre 15 de 2014
2014-12-15 03:33 a.m.
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Así como la Navidad entra a la recta final con la llegada de las novenas, también se aproxima el término de las sesiones del Congreso que fue elegido en marzo e inició labores el 20 de julio. Tan pronto sea conciliado el último proyecto de ley que lo requiera y los parlamentarios empiecen a retornar a sus lugares de origen, comenzarán igualmente las felicitaciones por el trabajo realizado y más de uno hablará de un aporte ‘histórico’ al desarrollo del país.

Una mirada más descarnada, sin embargo, probablemente no sea tan benévola. Sin negar que otra vez se volvieron a aprobar leyes o a hacer debates de control político, las cosas cambiaron menos de lo que muchos esperaban. Puesto de otra manera, las prácticas criticables de siempre son la norma y no la excepción y una vez más pareciera que el bien particular prima sobre el bien común.

Lo anterior no desconoce que hubo novedades. La llegada de los senadores y representantes del Centro Democrático fue recibida con una inmensa expectativa. A su vez, las caras nuevas de los verdes y de la izquierda, contribuyeron a hacer más interesantes la discusiones, así la aplanadora de las bancadas que componen la Unidad Nacional se hubiera puesto en marcha para pasarle por encima a las talanqueras que se le quisieron atravesar al Ejecutivo.

Una primera lectura daría para entender, entonces, que la Casa de Nariño tiene un amplio control sobre sus mayorías y que todo es armonía en las relaciones con los congresistas que dicen ser cercanos al Gobierno. La verdad, no obstante, es otra. Detrás de lo que se quiere hacer ver como un frente común hay grandes tensiones que no han hecho más que aumentar y que, con el paso del tiempo, harán más difícil el tránsito de cualquier iniciativa.

Semejante descripción posiblemente no sorprenda a los observadores que han señalado que esta amalgama de partidos no es más que la suma de intereses particulares, cercanos al nombre de Santos, más por conveniencia que por convicción. Cada cual ha tratado de mover sus fichas con el fin de sacar ventaja y preparar el terreno con miras a las elecciones regionales del próximo año y a las del 2018, sin dejar de quejarse por la manera en que cree que son tratados los demás.

Son numerosos los representantes y senadores que pertenecen a la U o el conservatismo, los que alegan que las cartas están marcadas en su contra. Uno de los motivos es que el vicepresidente Germán Vargas –líder natural de Cambio Radical– tiene a su cargo áreas tan importantes como el desarrollo de la infraestructura y la vivienda. Otro es que los liberales recibieron no solo la cartera de Interior, sino Planeación, cuya incidencia sobre los programas de inversión y el uso de las regalías es determinante.

Pero más allá de los méritos de esos alegatos que tienen que ver con cuotas burocráticas, es difícil encontrar quien hable bien de cómo le ha ido en la segunda parte del mandato santista. Las quejas se traducen en una relación difícil de los funcionarios con los parlamentarios, que no tienen problema en poner en riesgo proyectos que son importantes para el Gobierno. El aplazamiento de la votación de la reforma tributaria para esta semana habría tenido que ver con exigencias en la Cámara, en cuanto a partidas y puestos.

A pesar de que las cosas siempre han sido parecidas, las demandas han aumentado. Como cernícalos, aquellos que consideran que fueron determinantes en la reelección presidencial demandan desde el Fonade, hasta la Agencia Nacional de Hidrocarburos, pasando por la Superintendencia de Salud, entre otras entidades. La motivación no es ayudar a construir un mejor país, sino la de llegar a donde hay recursos o la potestad de dar permisos. Y la justificación es que un mandatario menos popular es débil y, por lo tanto, respaldarlo vale más. Con razón se dice que no hay cuña que más apriete, que la del mismo palo.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

Twitter: @ravilapinto


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