Ricardo Ávila

La distancia entre los dos...

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
abril 13 de 2015
2015-04-13 12:13 a.m.
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Según las voces que se escuchaban en los pasillos del hotel Riu de Panamá el viernes pasado, la presentación que hizo Juan Manuel Santos ante el foro que congregó a medio millar de empresarios del hemisferio, fue impecable. En escasos quince minutos, el mandatario se refirió a la situación nacional desde el punto de vista económico, hablando con franqueza de las dificultades recientes, pero señalando al mismo tiempo que nuestro desempeño supera con creces el promedio regional.

También hubo espacio para referirse a la paz y las oportunidades que la conclusión exitosa de un acuerdo traería. No menos importante sonó la insistencia de adelantar una estrategia continental en favor de la educación o el compromiso de impulsar las recomendaciones de reforma que las cabezas de las compañías más destacadas de la región les hicieron a los jefes de Estado que estaban en el istmo.

Al término de la intervención, los aplausos sonaron con fuerza. El tono pausado, la claridad conceptual y el fondo del mensaje esperanzador y positivo a la vez, despertaron entusiastas comentarios. Curiosamente, los más fríos resultaron ser los colombianos presentes. Uno de ellos, de hecho, pronunció una frase lapidaria: “cómo se nota que no viven allá”.

La anécdota sirve para comprobar que algo no anda bien entre el Ejecutivo y el sector privado. El tema no es nuevo, pues desde hace años ambos lados se han lanzado dardos, pero, según quienes saben de estas cosas, ha cobrado vigencia el verso de la conocida ranchera: “la distancia entre los dos, es cada día más grande”.

Que los empresarios y el Gobierno a veces tengan roces no tiene nada de raro. En cualquier democracia que se respete es usual que la administración pública tome determinaciones que generan ampolla, sobre todo si se trata de aplicar el principio según el cual el bien común prima sobre el particular.

Sin embargo, en el caso presente las quejas han subido de tono. Y estas no tienen que ver con líos individuales o sectoriales en la mayoría de los casos, pues como lo muestran las cifras de los balances, son muchas más las firmas que pudieron aumentar ventas y utilidades en los últimos tiempos, que aquellas que se encuentran en problemas reales.

El malestar reciente tiene como base dos elementos, uno de fondo y otro de forma. El primero está relacionado con la reforma tributaria que el Congreso aprobó en diciembre y que elevó las cargas impositivas para las sociedades, que quedaron como las más altas del hemisferio. No solo el proceso fue accidentado y lleno de mensajes cruzados, sino que quedó la impresión de que existe una hostilidad tácita hacia el ánimo de invertir, que saldrá muy costoso al cabo de unos años.

Al mismo tiempo, hay quejas en contra de Santos y del gabinete ministerial. En pocas palabras, se dice que el discurso presidencial no está sintonizado con la realidad, que normalmente es peor de lo que se dice, pues la obsesión con la paz hace que todas las demás urgencias pasen a un segundo plano.

Igualmente, más de uno afirma que el trato que les dan los titulares de ciertas carteras a los empresarios es áspero y sus peticiones son respondidas con cajas destempladas. Eso para no hablar de los roces con los gremios, pues en varias ocasiones se ha tratado de convertir en pelea personal las que en principio son controversias institucionales.

Si el malestar está justificado o no, es algo que puede dar lugar a un debate sin fin. Por lo tanto, lejos de reaccionar defensivamente y caer en la tentación de las recriminaciones, el Gobierno debería tomar una actitud constructiva.

Esta no es otra que la de abrir las puertas del diálogo y escuchar. Al fin de cuentas, lo que le debe interesar es que los empresarios estén tranquilos y mantengan el optimismo, que ha sido fundamental para hacer progresar ese país cuyos éxitos son de mostrar en los escenarios internacionales.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

@ravilapinto

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