Ricardo Ávila
Editorial

El populismo, de vuelta

Más allá de quién gane la carrera por la Casa Blanca, los cambios en la manera de hacer política prometen ser de fondo. 

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
noviembre 07 de 2016
2016-11-07 04:12 p.m.
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Faltan apenas horas para que se cierren las urnas en Estados Unidos y termine la duda con respecto al próximo inquilino de la Casa Blanca. Tras una larga campaña que rompió los moldes, los escrutinios dirán si Donald Trump o Hillary Clinton heredarán de Barack Obama el que es conocido como el cargo más poderoso del planeta.

Decir que la carrera que este mates termina fue atípica es una simplificación extrema de lo sucedido. Nunca antes en los anales de la democracia estadounidense se había visto que un millonario, sin experiencia política, se enfrentara a una exprimera dama, reconociendo que esta última cuenta con una larga trayectoria en el servicio público.

Pero lo que realmente distinguió la competencia fue la pugnacidad observada, por cuenta de la cual se transgredieron límites que antes parecían infranqueables. La lucha por el poder nunca es limpia, pero aun así existen cánones de respeto al adversario que en esta oportunidad desaparecieron.

Más allá de quién gane la carrera por la Casa Blanca, los cambios en la manera de hacer política prometen ser de fondo

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Buena parte de esa responsabilidad recae en Donald Trump, cuyos excesos verbales ocuparon continuamente los titulares de los medios de comunicación. Sus expresiones en contra de los mexicanos destaparon la caja de Pandora de la xenofobia en una nación que se precia de ser un crisol de razas, pero en donde el racismo siempre está presente. Sus llamados en favor del proteccionismo tuvieron eco en millones de personas que culpan a la globalización del cierre de múltiples industrias y de un deterioro en las condiciones de vida de buena parte de los integrantes de la clase media. Y sus expresiones sobre Clinton, a quien prometió encarcelar, afectan la credibilidad institucional con consecuencias que todavía están por verse.

Son precisamente las repercusiones del proceso electoral que finaliza las que inquietan a los que miran hacia adelante. El motivo central es que se demostró que la táctica del ‘todo vale’ es exitosa no solo a la hora de conseguir adeptos, sino de destruir al contrincante. En tal sentido, el uso de las redes sociales, que sirvieron de caja de resonancia para darle credibilidad a los planteamientos más absurdos, acabó siendo una herramienta muy efectiva.

Por tal motivo, la pregunta hacia adelante es cómo van a cambiar las campañas políticas que se desarrollen en diversas latitudes, cuando quedó demostrado que apelar a los sentimientos más básicos y negativos del electorado es más efectivo que debatir programas y propuestas. Un mensaje que se centre en el resentimiento de aquellos que se creen injustamente tratados por el sistema, va más lejos al momento de dar frutos que el de proponer soluciones o vender esperanzas.

No menos inquietante es ver que se confirma la existencia de la era de la posverdad, como la denominó The Economist. Esta no es otra que la práctica de mentir sobre un hecho, a sabiendas de que una falsedad aceptada por muchos se convierte en una certeza imposible de rectificar. Para citar un caso, Hillary Clinton es poco menos que una delincuente para millones de sus compatriotas, que la juzgaron y condenaron con base en información parcializada y falaz.

El uso de las redes sociales como caja de resonancia para darle credibilidad a los planteamientos más absurdos, pro- bó su efectividad.

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Todo lo anterior deja en claro que el populismo está de vuelta. La diferencia es que ya no son los ideólogos de la izquierda los que prometen ríos de leche y miel, sino que la derecha también entró en el juego. Si antes se usaba la economía para asegurar que la torta sería mejor repartida, ahora los temores que se utilizan son la migración, la seguridad o el extremismo religioso para inducir a los votantes.

Mientras eso sucede, las instituciones democráticas se defienden mal y tarde. Lejos de preferir expertos en cómo funcionan las cosas, ahora el público ve con buenos ojos a aquellos que prometen romper las estructuras, sin que expliquen para nada lo que harían con los pedazos. Esa tentación de saltar al vacío genera incertidumbres que trascenderán el nombre de quien gane en Estados Unidos.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
@ravilapinto

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