Ricardo Ávila
Editorial

El problema existe

Se requiere una acción coordinada para ayudar tanto a colombianos como a venezolanos que huyen por la situación que impera en el vecino país.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
febrero 12 de 2017
2017-02-12 02:27 p.m.
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No termina la tensión entre Bogotá y Caracas por cuenta del intercambio de declaraciones, algunas a través de los micrófonos y otras por los canales diplomáticos. El motivo es el cruce de sables verbal entre el vicepresidente Germán Vargas Lleras y los máximos dirigentes del gobierno bolivariano, incluyendo a Nicolás Maduro y Diosdado Cabello. Las cosas han llegado a tal nivel, que el número dos de la administración Santos se fue lanza en ristre contra la propia cancillería colombiana acusándola de indolencia, algo inusual, por decir lo menos.

Más allá de los epítetos de unos y otros, hay que decir que el giro que han tomado los acontecimientos es lamentable, aunque no necesariamente sorpresivo. Jugar la carta del chauvinismo e invitar a la ciudadanía a arroparse en la bandera siempre es útil, ya sea para el gobierno chavista, cuya incapacidad para manejar los asuntos de su país es evidente, o para quien en cuestión de semanas dejará su cargo en el Ejecutivo con miras a preparar su campaña presidencial para el 2018.

Las diferencias con el país vecino son lamentables, entre otras porque hacen más complejo el manejo de la que ya podría describirse como una crisis migratoria que se siente con mayor o menor intensidad en múltiples poblaciones. A medida que pasan los días, crecen los reportes que hablan de la llegada masiva de colombianos que retornan de Venezuela, espantados por la debacle económica y de seguridad que impera al otro lado de la frontera.

Ahora que los flujos se han invertido, no tenemos autoridad moral para cerrar la puerta, ni maltratar a los que nos piden una mano, con el simple objetivo de poder vivir mejor.

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La situación se complica todavía más con el arribo de venezolanos de todas las edades, géneros y condiciones. Aunque vale la pena tomarlas con un grano de sal, las cifras de Migración Colombia son elocuentes. De acuerdo con la entidad, en el 2016 entraron al territorio nacional 378.597 ciudadanos de la República Bolivariana, pero solo salieron 218.354. De hecho, si se mira el acumulado desde el 2013, la diferencia es de 353.315 individuos.

Los efectos de semejante éxodo son diversos y difíciles de disimular. En la Costa Atlántica, los alcaldes se quejan de que el problema de falta de cupos escolares se hizo más notorio, mientras que otros sostienen que se disparó el fenómeno de la informalidad, especialmente en las zonas turísticas. Entre vendedores ambulantes y mototaxistas abundan acentos provenientes del Táchira o del Zulia, afirman numerosos testigos. Tampoco faltan aquellos que sostienen que ciertas prácticas criminales son más notorias ahora. Si bien no hay evidencias contundentes, no falta quien le atribuye el deterioro de los índices de inseguridad, desde Cúcuta hasta Barranquilla, a los recién llegados.

Sea como sea, el problema está ahí y requiere un buen manejo. La primera reacción de muchos es exigirles a las autoridades que cumplan su papel, con el fin de expulsar a los ilegales. Al respecto, las estadísticas muestran un incremento en el número de deportados, algunos de ellos desde lugares bien lejanos de la zona limítrofe, como los 21 que fueron encontrados en noviembre pasado en La Virginia (Risaralda).

Sin embargo, esa no necesariamente es la política más efectiva. Con una frontera tan porosa como la que une a Venezuela y Colombia, es prácticamente imposible evitar que quien quiera retornar lo haga. Peor, todavía, es que la represión le abre las puertas al tráfico de personas y abusos injustificables.

En cambio, sería más inteligente aceptar que el problema existe y manejarlo bien. De un lado, se requiere una acción coordinada para manejar a los colombianos que volvieron, algo que incluye expedir la documentación requerida. Del otro, es mejor establecer sistemas para regularizar a los venezolanos ilegales que condenarlos a la informalidad.

La razón no solo es de orden práctico. A lo largo de su historia, Colombia ha visto partir a millones de sus hijos con el fin de buscar suerte en otras latitudes, comenzando por el país vecino. Ahora que los flujos se han invertido, no tenemos autoridad moral para cerrar la puerta, ni mucho menos maltratar a aquellos que nos piden una mano, con el simple objetivo de poder vivir mejor.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
@ravilapinto

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