Ricardo Ávila

Un equipo dividido

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
mayo 19 de 2015
2015-05-19 12:54 a.m.
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Ya, supuestamente, volvió la paz al Gobierno, tras el apretón de manos que se dieron el viernes pasado el vicepresidente Germán Vargas Lleras y el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas. Tras la afirmación pública del primero, en el sentido de que se sentía “fatigado” por la supuesta falta de diligencia del segundo, fue necesaria la intervención del Presidente de la República con el fin de que ambos enterraran el hacha.

En su llamado a la concordia, Juan Manuel Santos les recordó a sus funcionarios que “la ropa sucia se lava en casa” y que las diferencias deben discutirse a puerta cerrada. La admonición del jefe del Estado tiene fundamento. No hay duda de que una confrontación como la observada le hace daño a la administración, al hacerla ver como descoordinada, aparte de darles a sus enemigos unas cuantas rondas de munición política con el fin de atacarla.

Es menos raro de lo que parece la existencia de tensiones en un equipo directivo. De hecho, hay gerentes que dicen que un cierto nivel de competencia interna es positivo y que los roces ayudan a la creatividad en el mundo empresarial. La armonía en exceso lleva a que las cosas se definan de acuerdo con el mínimo común denominador y en ocasiones acaban mal, dependiendo del tipo de organización.

Tampoco es extraño que en los gobiernos se vean antagonismos. Al fin de cuentas, lo usual es que en los gabinetes de hoy se encuentren los candidatos presidenciales del mañana, sobre todo en un país en donde la puerta giratoria para los congresistas que pasaban por un cargo de libre nombramiento y remoción se cerró con la Constitución de 1991.

Aun así, quienes saben de estas cosas sostienen que las cosas llegaron a un nivel inusual en este periodo. Lejos de objetivos colectivos, pareciera que lo importante son las metas individuales que en ocasiones se superponen. Y debido a ello hay facciones entre las cuales se dan escaramuzas, normalmente encabezadas por las personas que pertenecen a las colectividades que integran la Unidad Nacional y sin que la Casa de Nariño opere como un buen árbitro.

El caso más obvio es el de Vargas Lleras, quien encabeza las apuestas con miras al 2018. Al tener a su cargo los programas más tangibles y que moverán las mayores sumas de dinero, como son vivienda e infraestructura, los celos que despierta son muchos.

Dentro de tres años, el territorio nacional va a contar con centenares de kilómetros adicionales en vías, además de puertos fluviales y marítimos, aeropuertos y obras emblemáticas, como el nuevo puente sobre el río Magdalena, en Barranquilla. Todo ello resultará muy útil en una campaña en la cual la capacidad de ejecución será determinante.

A sabiendas de esa situación, al Vicepresidente le queda difícil aceptar que le digan que no. Pero si aspira a ponerse la banda presidencial tiene que comprometerse con un manejo fiscal responsable, porque los recursos insuficientes siempre serán una limitante. En ese sentido, Cárdenas le abrió un cupo que ayuda, pero que no es suficiente para cubrir toda la tercera ola del programa de concesiones de cuarta generación.

No obstante, la solución puntual encontrada no arregla el tema de fondo, porque los líos internos son muchos más. Las preferencias en favor de unos y las disensiones de otros cuantos se notan demasiado por fuera, para que el esquema diseñado funcione bien.

En consecuencia, el equipo del alto Gobierno tiene que actuar como tal, y para que eso suceda todos tienen que poner de su parte, comenzando por el Presidente, cuyo estilo de administración peca por exceso de delegación. En lugar de identificar potenciales incendios, este tiende a reaccionar solo cuando las llamas se notan desde afuera. Y si Santos no interviene a tiempo para que los intereses personales se contengan, los 39 meses de mandato que le faltan van a ser aún más difíciles de lo que parecen.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

@ravilapinto

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