Ricardo Ávila

Examen a la mermelada

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
noviembre 11 de 2015
2015-11-11 03:52 a.m.
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Cuando a comienzos del primer Gobierno de Juan Manuel Santos el entonces ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverry, acuñó la frase de “repartir la mermelada en toda la tostada”, lo hizo para defender una profunda reforma al sistema general de regalías que finalmente acabó siendo aprobada en el Congreso. Esos cambios, que cumplieron tres años de ponerse en práctica, fueron objeto ayer de una profunda evaluación que sirve para aprender lecciones y hacer correctivos de cara al futuro.

La necesidad de que así sea es evidente. La contribución que pagan las empresas que explotan yacimientos mineros y petroleros es una de las principales fuentes de recursos para departamentos y municipios. Si bien la bonanza en los precios de los bienes primarios llegó a su fin, los cálculos muestran que a las arcas locales y regionales seguirán ingresando más de seis billones de pesos anuales. Incluso si ese monto se reduce más adelante, el dinero no dejará de fluir.

Meterle la mano al sistema que estaba vigente hasta hace unos años era una obligación. Sin desconocer que hubo casos en los cuales los fondos se utilizaron bien, los titulares de prensa de ese momento abundan en denuncias de robos descarados o en la financiación de verdaderos elefantes blancos, muchos de ellos inconclusos, que fueron una fachada para encubrir la corrupción.

Adicionalmente, había una consideración de equidad. El concentrar los ingresos solo en las zonas productoras o por cuya jurisdicción pasaba un poliducto, creaba grandes inequidades en un territorio nacional en el que abundan las necesidades insatisfechas. Solamente el 23 por ciento de la población acababa beneficiándose de rentas que valía la pena compartir.

Para tal fin se creó un esquema mucho más estricto y a la vez más transparente. Este incluyó nuevas maneras de presentar y lograr la aprobación de un proyecto, por parte de comités regionales en los que debían primar las consideraciones técnicas. Adicionalmente, se incorporaron los conceptos de ahorro, enfoque diferencial y metodología unificada.

El balance, según Planeación Nacional, es muy positivo. Desde el 2012 hasta octubre pasado se habían asignado 19,3 billones de pesos. Esa plata permitió financiar inversiones por 27,7 billones, distribuidas en casi 9.000 proyectos individuales. Las denuncias por supuesta malversación de fondos representan hoy una fracción minoritaria del total.
Sin embargo, el esquema no ha estado exento de críticas. La primera es que la curva de aprendizaje resultó muy difícil de transitar, especialmente para las regiones más atrasadas, en donde la capacidad de concebir, escribir y sustentar técnicamente una iniciativa es mucho más limitada que en las zonas más ricas. Aparte de que esa circunstancia acentuó las brechas, acabó generando enormes excedentes que se quedaron en los bancos y demoraron mucho en utilizarse.

Por otra parte, el golpe para los municipios y departamentos, que antes se quedaban con la mayoría de la torta, resultó ser inmenso. Eso no solo ocasionó traumatismos y la suspensión temporal de varios servicios sociales, sino que distanció a las comunidades de las empresas dedicadas a explotar los recursos, algo que hizo subir la conflictividad social.

No menos impactante es la crítica en torno al centralismo. Una anécdota relatada por el gobernador de Meta involucra a la pequeña población de Mapiripán, a la cual se le pidió un estudio de semaforización antes de darle luz verde a la pavimentación de su calle principal, por la cual transita un puñado de vehículos.

Casos como ese demuestran que falta hacer más y, eventualmente, realizar ajustes puntuales para mejorar el sistema. Lo conseguido es un avance, pero los descontentos no faltan. Poder responder a las exigencias más razonables es algo que vale la pena, sobre todo si se trata de que la mermelada se distribuya bien y prontamente.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
Twitter: @ravilapinto
 

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