Ricardo Ávila

Un fantasma que se asoma

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
enero 08 de 2015
2015-01-08 02:55 a.m.
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Han abundado las reacciones de rechazo en el mundo entero, tras la masacre que un par de encapuchados protagonizaron en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo, en pleno corazón de París. La muerte de una docena de personas, incluyendo periodistas y policías, sacudió a la sociedad francesa, como lo demostraron las multitudinarias concentraciones de ciudadanos, que en diferentes ciudades galas se reunieron de forma espontánea para expresar su rechazo al salvaje ataque.

Pero más allá de los reprochables hechos, es evidente que lo sucedido ha revivido el fantasma del terrorismo, no solo en el Viejo Continente, sino en el mundo entero. El nivel de alerta se ha incrementado y otra vez el nerviosismo es la constante. La diferencia, frente a actos similares en el pasado, es la impresión de que los enemigos no provienen de otras latitudes, sino que son ciudadanos de los países en donde el horror deja una estela de sangre.

Que algo así podía pasar fue una opinión que surgió tras la aparición del Ejército Islámico, que domina vastas zonas de Siria e Irak. Proclamado como un califato, sus integrantes se han hecho tristemente célebres por sus ejecuciones públicas, incluyendo a varios rehenes occidentales. En respuesta, una alianza en la que participan varias potencias ha organizado centenares de ataques aéreos. Los bombardeos, junto al accionar de las fuerzas armadas iraquíes, han cambiado la dinámica del conflicto.

No obstante, los europeos se han sorprendido con el hecho de que miles de sus ciudadanos han ingresado de forma masiva a las filas del movimiento extremista. Británicos, belgas, alemanes y franceses, entre otros, recibieron entrenamiento en manejo de armas y combaten en el bando de los islamistas. Incluso algunos habrían retornado a sus lugares de origen, como podría ser el caso de los hermanos parisinos responsables de la matanza de la víspera.

Controlar el espíritu destructivo de fanáticos religiosos que nacieron y crecieron en las sociedades que están amenazadas, no es una tarea fácil. Tan solo en Francia hay más de cinco millones de musulmanes, la inmensa mayoría pacíficos y respetuosos de la ley, pero algunos propensos al extremismo.

Mientras las fuerzas de seguridad tratan de evitar que los más fanáticos logren sus cometidos, hay una realidad política innegable: la aparición de partidos de extrema derecha que consideran que hay que adoptar una actitud hostil en contra de quienes creen que Alá es Dios y Mahoma su profeta.

Y no se trata de facciones despreciables. En Suecia, una bancada que favorece la intolerancia religiosa registra 15 por ciento en las encuestas de intención de voto, mientras que en Alemania un movimiento llamado Pegida (el acrónimo germano de europeos patrióticos en contra de la islamización de Occidente) consigue cada vez más adeptos. Al tiempo, Francia el Frente Nacional podría disputar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en un futuro no muy lejano.

Como si eso no fuera suficiente, las perspectivas apuntan a un fortalecimiento de las posturas extremas. Con el ejemplo de la tragedia de Charlie Hebdo, más de un dirigente habla en favor de la mano dura, promoviendo opciones que riñen con los principios de cualquier democracia que se respete.

A la luz de las circunstancias, cualquier cálculo sobre el futuro tiene que incorporar la posibilidad de que la realidad empeore. El avance de los fanatismos no solo tendría efectos sobre la tolerancia de las sociedades, sino también sobre las relaciones económicas y comerciales, pues la desconfianza no es un factor positivo a la hora de hacer negocios.

Por tal razón, hay que reiterar que más allá del pesar y la condena a lo sucedido, es necesario reaccionar con cabeza fría. Y mientras la vigilancia aumenta también lo debe hacer la certeza de que la libertad es la que permite vivir en comunidad.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

Twitter: @ravilapinto


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