Ricardo Ávila

Un flagelo que no termina

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
febrero 07 de 2014
2014-02-07 02:11 a.m.
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Al otro lado de la frontera le dicen ‘bachaqueo’ al contrabando. Y allá, como aquí, lo consideran un flagelo.

Tanto, que ayer una delegación binacional, encabezada por los Cancilleres de Colombia y Venezuela, se reunió en Maracaibo con el fin de acordar medidas para ponerle tatequieto a un problema que hace rato se salió de madre.

Si bien el tema no es nuevo, en tiempos recientes no ha hecho más que crecer. La política del Gobierno vecino de subsidiar los precios de una serie de bienes, mientras la tasa de cambio del bolívar en el mercado paralelo se ha disparado, ha desbalanceado todavía más lo que cuestan diversos productos de un lado y otro de la línea limítrofe.

El caso más extremo es el de la gasolina.

Por estos días, el galón de corriente se consigue al equivalente de 75 pesos en las estaciones de servicio venezolanas, mientras en el centro del país supera los 8.500 pesos.

Y en el caso del diésel el diferencial es de unas 180 veces.

Con semejantes márgenes, cualquier esfuerzo que se hace para detener el flujo ilegal de combustibles resulta infructuoso.

En las poblaciones vecinas que bordean con Colombia existen mecanismos como un código de barras que limita el número de litros que los automovilistas pueden comprar.

No obstante, las organizaciones encargadas de mantener abierta la llave tienen los contactos para adquirir el carburante, distribuirlo en tanques de todos los tamaños -desde las conocidas ‘pimpinas’ de cinco galones hasta camiones cisternas- y traerlo al lado colombiano en caravanas.

Según la Policía, hay unos 190 pasos fronterizos irregulares detectados en un tramo de 200 kilómetros que comienza en La Guajira y llega hasta Norte de Santander.

Como es de imaginar, semejante operación implica corromper a las fuerzas de orden de ambos países.

Varios testimonios periodísticos relatan que existe una especie de tarifa que se reconoce en cada retén con personas armadas, que en algunos casos están compuestos por integrantes de la guerrilla.

A pesar de la recompensa, los peligros son grandes.

Aparte de los robos, está el riesgo de un accidente, algo que para quien lleva una carga inflamable sin condiciones de seguridad, significa la muerte.

Debido a ello, otros contrabandistas se han especializado en un segmento distinto, que también es rentable. Este consiste en traer bienes de primera necesidad, en los cuales el margen puede ser de 20 a 1, que no es una diferencia menor.

En las tiendas populares del lado colombiano se encuentran anaqueles que contienen arroz, leche en polvo, productos de aseo y bebidas, entre otros artículos.

¿A cuánto asciende el tráfico? Nadie lo sabe, pero es incuestionable que puede tasar en cientos de millones de dólares anuales.

De hecho, el Gobierno de Nicolás Maduro ha atribuido la escasez de ciertos productos esenciales al ‘bachaqueo’ y ha amenazado a sus responsables con penas que pueden llegar hasta los 14 años de cárcel.

Sin embargo, la mano dura no ha producido los resultados esperados. Aun así, Caracas lanzó una ofensiva que incluyó el relevo de decenas de comandantes militares y policiales en la zona limítrofe, y que será complementada con los acuerdos de ayer.

En consecuencia, vienen más medidas, así como planes de cooperación entre ambas capitales con el fin de desmontar las mafias que operan de uno y otro lado. Colombia, por ejemplo, se comprometió a intensificar los operativos, aprovechando el fortalecimiento de la Policía Fiscal y Aduanera.

Dicho propósito es loable, pues aparte de combatir el crimen serviría para que los sectores productivos que han sido impactados por el contrabando desde Venezuela se recuperen.

Pero las realidades económicas son tozudas y en medio de los desequilibrios que hay entre lo que valen las cosas de uno y otro lado, triunfar contra este flagelo va a requerir mucho más que declaraciones de buena voluntad.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

Twitter: @ravilapinto

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